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 Doble vida de Ariel Crawford, La - Cap 1-10

De Diaperwiki

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Contenido

Capítulo 1

El lunes de dos semanas antes de Navidad la Sra. Ellis mandó unos deberes para casa a sus alumnos de 1º curso de primaria. Tenían que escribir sobre lo que les gustaría de regalo para la Navidad.

La mayor parte de las redacciones eran muy similares. La mayoría de los chicos parecían querer juguetes, y muchos. Cuando la Sra. Ellis corrigió los escritos se sintió vagamente decepcionada. No sabía lo que estaba buscando, pero lo encontró cuando leyó lo que escribió Ariel Crawford.

“Para la Navidad, me gustaría un árbol. Vi uno en la televisión y era tan bonito. Le pregunté a mamá si podíamos tener uno pero dijo que era muy caro. Mónica me dijo que debería pedírselo a Papá Noel, pero sé que no existe Papá Noel. Mamá me lo contó cuando tenía cuatro años y le pregunté porqué a los demás niños les regalaban más cosas que a mí.”

El corazón de la Sra. Ellis se deshizo por la pequeña Ariel, que no quería más que un árbol, porque para ella eso simbolizaba una Navidad perfecta. Ariel ni siquiera se había parado a pensar en los regalos que normalmente se dejan bajo el árbol, ella sólo quería el árbol en sí, algo que los demás alumnos de la Sra. Ellis ya tenían. La Sra. Ellis le puso un sobresaliente sintiendo que era lo único que podía hacer por esa niña cuya madre no podía regalarla un árbol de Navidad, mucho menos regalos para poner debajo del árbol. Cuando Ariel cogió su redacción al día siguiente sus ojos se abrieron, era el primer sobresaliente que conseguía.

La Sra. Ellis no pensaba que la pequeña fuese especialmente brillante, aunque lo intentaba. Parecía no entender cómo se correspondían los números en matemáticas. Y leer le resultaba más difícil. Todas las noches su madre le haría leer en voz alta. Se entrecortaría con cada palabra mientras su madre pacientemente la corregiría. Jessica Crawford no estaba tratando de humillar a su hija. Podía decir cuánto odiaba su hija leer, pero eso parecía ayudarla para el colegio. Jessica entendía más que nadie cuán importante era ir bien en el colegio. Por una vez, Jessica fue a recoger a su hija al colegio al acabar las clases. Habitualmente Ariel volvía a su casa con Mónica Johnson, que vivía en el apartamento contiguo al suyo. Las niñas eran excelentes amigas y Jessica se sentía mejor sabiendo que su hija tenía a alguien con quien jugar después de volver del colegio. Pero este día Jessica tuvo la necesidad de estar con su hija por lo que se cogió libre la tarde de su trabajo de camarera, aunque sabía cuánto necesitaban el dinero. Lo último que Jessica quería era percibir un subsidio, pero si las cosas no mejoraban sabía que tendría que hacerlo. Los padres de Jessica habían muerto en un accidente de tráfico cuando ella tenía dos años y ella pasó los siguientes catorce años de una familia de acogida a otra. En lo que a ella concernía, el servicio público ya se había gastado suficiente dinero en ella. Cuando se quedó embarazada de Ariel con dieciséis años decidió firmemente que haría lo que fuese por su hija a pesar del hecho de que el padre de Ariel no estuviese capacitado para ser un buen padre, aunque lo hubiera parecido entonces.

Consiguió el trabajo de camarera y el apartamento poco después de quedarse embarazada de Ariel. No era demasiado grande y estuvo trabajando hasta los siete meses de embarazo, hasta que el médico le dijo que o lo dejaba o perdía al niño. Durante cinco meses estuvo percibiendo el subsidio, pero en cuanto pudo encontrar ayuda para cuidar del bebé durante el día volvió al trabajo y dejó el subsidio. Seis años después deseaba volver a estudiar y poder conseguir un trabajo mejor, pero no tenía suficiente dinero. Era un círculo vicioso. Necesitaba dinero para volver a estudiar y así conseguir un trabajo mejor, y necesitaba un buen trabajo para conseguir dinero para volver a estudiar.

Los ojos de Ariel se iluminaron cuando vio el Ford Escort de once años de su madre subirse en el bordillo de la acera. Se acercó al coche y le enseñó orgullosamente a su madre su sobresaliente, incluso antes de decir hola.

- ¿Qué es esto, un sobresaliente? Muy bien, ya lo veo. Siempre he sabido que eres una chica lista.

- Léelo, mami.- Ariel dijo muy contenta. Adoraba saber que había hecho que su madre se sintiera orgullosa de ella. Pero Jessica ya había sacado el coche de la acera.

- Lo leeré en cuanto lleguemos a casa.- Prometió a su hija.

Cuando llegaron a su apartamento, Jessica se dejó caer en el sillón de dos brazos con un suspiro de cansancio. Aunque se había ido antes del trabajo, había sido largo un largo día. Leyó la redacción de su hija en silencio.

- Ariel ¿Esto es realmente lo que quieres para la Navidad?

- Sí, más que nada en el mundo.

- Bien, veré qué puedo hacer.

A Jessica le dolía no poder regalar a su hija un árbol de Navidad. Tenían un falso árbol, uno pequeño que se caía con sólo tocarlo. Jessica temía el tener que ponerlo otra vez, pero los árboles de verdad eran demasiado caros. De todos modos, debería intentar conseguir alguno. Después de todo Ariel no recibiría más que pequeños regalos ese año.

A la mañana siguiente temprano, Jessica se despertó con el sonido de un llanto. Sabía sin comprobarlo que a su hija le había vuelto a pasar. Durante los últimos tres días Ariel se había despertado con la cama mojada y llorando. Ni ella ni Ariel entendían porqué Ariel había empezado a hacerse pis en la cama de repente. Jessica se dirigió a la habitación de su hija.

- Ha pasado otra vez, mami. No me he dado cuenta.

- No te preocupes por eso, Ariel. Le podría pasar a cualquiera.

- ¡Pero ya tengo seis años y siempre me pasa a mí! ¿Qué me pasa?

Jessica abrazó a su hija hasta que se calmó. – No pasa nada Ariel, no es algo de lo que tengas que avergonzarte. Probablemente lo has heredado de mí. Pasé por lo mismo que tú a tu edad.

- ¿Te pasó?

- Sí, pero todavía peor porque no tenía padres. Me despertaba cada mañana y le pedía a un extraño que me cambiara las sábanas. Era tan embarazoso. Me pasó durante un mes y entonces se paró y nunca me volvió a pasar. Nunca he sabido porqué.

Una vez más, ayudó a Ariel a cambiarse y luego quitó las sábanas dejando el colchón al aire para que se secara mientras estaban fuera todo el día. Esto le preocupaba más de lo que decía. Es verdad que se hacía pis en la cama a la edad de Ariel, pero ella no había sido una niña feliz de seis años. Recordaba a sus padres mejor que los demás aunque los había perdido muy pronto. Tampoco le gustó la gente con la que había estado; a ellos parecía que no les gustaba ella o cualquier otro niño. Todas las mañanas que se despertaba mojada ellos actuaban como si hubiera sido culpa suya. Finalmente pidieron que se la llevaran de casa. La llevaron con otra pareja que no parecían creer que hacerse pis en la cama fuese culpa suya, y pronto dejó de hacérselo.

Así que ¿Por qué Ariel se hacía pis en la cama? Parecía una niña feliz. Jessica nunca había vacilado en mostrarle a su hija cuánto le quería. Sin embargo estaba la ausencia del padre. Ariel le preguntó por él cuando tenía tres años y Jessica le explicó que no era lo suficientemente maduro como para ocuparse de un hijo. A la mañana siguiente Ariel se hizo pis en la cama pero entonces no le importó, al fin y al cabo le había quitado los pañales sólo unos pocos meses antes. Pero ahora. . . Jessica no sabía por qué.

Esa tarde Ariel llevó a casa un examen para que Jessica lo firmara. Apenas había conseguido aprobarlo con dificultad, sus notas eran normalmente, de media, bajas. Pero Jessica estaba todavía preocupada y Ariel parecía estar muy ocupada. No era tanto por la calificación sino por la nota escrita en lo alto del papel: “Por favor, llámeme para poder hablar con usted cuando mejor le convenga.”

Las lágrimas comenzaron a recorrer la cara de Ariel cuando le entregó a su madre el papel. Odiaba saber que aunque se esforzaba todo lo posible no lo hacía bien, y sabía que su madre pasaría más tiempo que nunca para que ella leyera todas las noches. Leer era un terrible monstruo del que no había escapatoria. Tenía que aprender a leer, nadie podía seguir aprendiendo sin leer, y aunque la pequeña Ariel lo intentaba con todas sus fuerzas no sabía leer bien. Jessica vio el papel y sabía en lo hondo de su corazón que Ariel sí que se esforzó todo lo posible, como también sabía que Ariel no era tonta, no de la manera que algunos decían. Llamaría a la profesora de Ariel mañana para ver lo que le tenía que decir, pero también sabía en lo hondo de su corazón que no se podía hacer más por Ariel en el primer curso.

Pero ahora no había necesidad de preocupar a Ariel por eso. Se la llevó a comprar un árbol en cambio. Compraron uno pequeño, pero no había mucho sitio para árboles en la habitación de todos modos, así que no importaba. Jessica se dio cuenta que apenas tenían adornos para el árbol, ni tampoco un sostén, así que se fueron a por ellos, también, todo fueron sesenta dólares, que era más de lo que Jessica conseguía en un día. Sabía que apenas podía pagarlo, pero cuando vio los ojos de Ariel, vio felicidad de nuevo en ellos, y eso era lo que contaba.

Estuvieron decorándolo hasta tarde. Ariel llevaba puesto un camisón rojo y sus rizos rubios caían por la espalda y brillaban a la luz. A Jessica le encantaban los rizos de Ariel y estaba orgullosa de habérselos lavado y peinado. No sabía de quién los había heredado. La propia Jessica tenía el pelo largo, ligeramente ondulado y castaño. El padre de Ariel, Josh, lo tenía rizado, pera era moreno.

Jessica recordaba amargamente que habían pasado más de cinco años desde que lo había visto. Cinco años desde aquella terrible pelea en que lo había negado todo, negado incluso que Ariel era su niña. Se fue de noche y ya nunca había vuelto a oír hablar de él. Se había ido por su propia cuenta cuando ella sólo tenía dieciocho años a pesar de las falsas promesas de que le quería a ella y a Ariel y que iban a casarse al siguiente año y vivir felizmente entonces.

Jessica se sentó derecha y agitó la cabeza. Lo que no podía hacer era centrarse en el pasado, tenía que seguir en el presente, que ahora mismo era la hora de acostarse de Ariel. A la mañana siguiente Ariel estaba seca y Jessica la felicitó efusivamente por ser una “chica mayor”, y sin embargo se asombraría si se mantuviera seca después de contarla su conversación con la Sra. Ellis.

Jessica esperó hasta que Ariel subió al autobús de la escuela para llamar a la Sra. Ellis. La Sra. Ellis le dijo exactamente lo que Jessica sabía que le iba a decir desde el principio.

Capítulo 2

El cumpleaños de Ariel era a principios de Noviembre. Cuando Jessica fue a matricularla en la guardería, el director le dijo que tendría que esperar hasta el siguiente año. Los niños que nacen a final de año lo pasan peor si entraban en la guardería con sólo cuatro años. Puesto que eran los más pequeños de la clase, no entendían algunas cosas que otros sí. Jessica había ignorado el consejo del director y siguió adelante y matriculó a Ariel. No podía dedicar otro año a cuidarla.

Al principio Ariel había empezado bien, pero según avanzaban en la lectura y matemáticas, Ariel se empezaba a quedar atrás. Jessica le ayudaba cada vez más, pero se seguía quedando atrás. Cuando el primer curso de primaria empezó, ella se encontró todavía más perdida. Ahora sólo había una solución, Ariel tendría que volver a la guardería. Empezaría después de las vacaciones de Navidad.

Jessica decidió decírselo a su hija tan pronto como ella le viese esa noche.

- Hola Ariel – dijo.

- ¿Qué pasa?

- Tengo que decirte algo.

- ¿El qué? – dijo Ariel con cautela.

- He hablado con tu profesora. Las dos estamos de acuerdo en que no aprendiste todo lo que debías en la guardería. Así que a principios de Enero volverás a la guardería. ¿No te parece bien? Tendrás al Sr. Keever. He ido al colegio hoy y me he encontrado con él. Es muy agradable y va a trabajar contigo para asegurarse de que lo entiendes todo.

A Ariel le desagradó la idea.

- ¡No, no quiero volver a la guardería! ¿No soy una niña pequeña! ¡No me hagas volver, mami! ¡lo haré bien, lo prometo! ¡Aprenderé a leer!

Jessica suspiró. Ya había previsto esto.

– Ariel, nadie dice que seas una niña pequeña. Te está costando mas leer porque eres más pequeña que la mayoría de tu clase. Pero en la guardería los niños tienen una edad más cercana a la tuya, y ahora que tú eres algo más mayor la guardería te será algo más fácil que el año pasado. Aprenderás a leer y las mates mejor.

Ariel no quiso que la calmaran. Se había esforzado tanto para llegar al 1º curso de la primaria. La guardería había sido un esfuerzo continuo y no quería pasar por eso otra vez. Estuvo llorando hasta que se durmió esa noche.

Ariel se despertó de repente por la mañana. No sabía qué le había despertado, excepto que había sido un mal sueño. Se encontraba en la guardería, en el recreo y sus compañeros de primaria estaban alrededor de ella cantándole “niña de guardería [Cap.2 1], Empezó a llorar y ellos le gritaron mas, y de repente, ella se hizo pis formándose una mancha oscura en sus vaqueros, y haciendo que los demás se rieran, incluso más fuerte.

Ahora estaba despierta y todo había sido un sueño, pero realmente estaba mojada. Una vez más la cama y el pijama estaban completamente empapados. Se le ocurrió una idea de repente. ¡¿Quizás su madre quería devolverla al parvulario porque se estaba haciendo pis en la cama!? Su madre pensaba que era pequeña porque se hacía pis en la cama.

Jessica se despertó y fue a ver a su hija. Ariel estaba despierta, completamente, la mancha de humedad en la cama y el pijama eran claramente visibles.

- Ya sabes Ariel- dijo mientras la cambiaba- que no quiero castigarte, pero no tengo tiempo para cambiar y lavar las sábanas todo el día, por lo que me temo que voy a tener que ponerte braguitas “pull-up” por la noche.

Esa noche Ariel estaba despierta. Estaba sin los pantalones del pijama y miraba fijamente el pull-up. Su madre le había dicho muchas veces que no era un pañal, sino que eran unas braguitas con un absorbente por si tenía un accidente. Pero a Ariel le parecía un pañal. La única diferencia era que no tenía las pequeñas cintas adhesivas de sujeción que tenían los pañales. Ni siquiera eran de los que tenía dibujitos. Esos eran muy caros, le había dicho su madre. Había visto unos en la tienda que tenían dibujos de Aventuras en pañales [Cap.2 2] en ellos. Aventuras en pañales era su serie de TV favorita. Sólo podía verla en casa de Mónica porque ellas no tenían televisión por cable, pero Mónica se lo grababa en vídeo y así podían verla siempre. La madre de Mónica les había llevado al cine a ver la película y les había gustado aún más que la serie.

Ariel tomó la determinación de no dormirse esa noche. Si no se dormía esa noche no podría mojar su pull-up y si estaba seco por la mañana tal vez no tuviera que volver a ponérselo. Decidió ir a ver la TV. Cuando se levantó para ir al salón sintió una urgente necesidad de ir a hacer pis, pero decidió comprobar qué echaban en la TV primero.

Optó por unos dibujos animados e inmediatamente se quedó absorta con ellos. De repente sintió una sensación de humedad y se dio cuenta que estaba haciéndose pis en el pull-up. Horrorizada, corrió hacia el baño y se quitó el saturado pull-up. “Guau, verdaderamente me he hecho mucho pis”, pensó mientras se quedaba mirando la mancha amarilla. “Pero el pull-up lo ha retenido todo”.

Tendría que cambiarse ella misma. No podría decírselo a su madre, era demasiado embarazoso. Ariel no podía creer que se había hecho pis. No le había pasado desde hacía dos años. Todavía recordaba la última vez que se había hecho pis.

Había sido en el coche, con su madre y acababa de beber un refresco. Habían estado en el parque y Ariel había tenido sed por lo que Jessica le compró una lata de zumo de una máquina. Se fueron del parque poco después Y a Ariel le entraron ganas de hacer pis cuando se iban, pero ella odiaba los malolientes baños del parque así que decidió esperar. A mitad de camino se encontraron en un atasco. Ariel le dijo a su madre que quería hacer pis y Jessica le dijo que tratara de aguantar, y lo hizo, pero al cabo de unos minutos ya no pudo más y se lo hizo encima. Jessica tuvo que limpiarla cuando llegaron a casa, y eso fue todo. No le regañó.

Ahora Ariel cogió el maloliente pull-up y cogió uno nuevo de la bolsa. No sabía qué hacer con el otro. No podría tirarlo a la basura, olería en todo el apartamento y su madre podría encontrarlo. Se puso el nuevo pull-up. No le quedaba mal, era muy grueso y mullido, aunque parecía delgado por fuera.

Ariel cogió el pull-up y lo envolvió en una bolsa de plástico. Lo sacó del apartamento y lo tiró en el contenedor de basura. No alcanzaba a abrirlo, así que, movió una caja de madera que había en la calle y allí lo dejó. De vuelta a casa su promesa de estar despierta toda la noche se le olvidó, se acostó y se quedó dormida. El pull-up estaba mojado a la mañana siguiente.

  1. Aquí aparece en el original una expresión que no he sido capaz de traducir coherentemente “Stick your head in gravy”
  2. En EE.UU. la serie se llama originalmente “Rugrats,”, aunque en España se ha titulado como “Aventuras en pañales”.

Capítulo 3

Pasaron unos días. Las clases finalizaron. Ariel iba habitualmente a la casa de Mónica durante las vacaciones, pero la familia de Mónica se había ido fuera, por lo que Jessica tuvo que pasar los últimos días de vacaciones con su hija. Las vacaciones de Navidad pasaron sin incidentes reseñables. Ariel estaba muy contenta con sus regalos, una Barbie, un jersey y, lo mejor de todo, un muñeco de peluche de Chuckie, de Aventuras en Pañales. Chuckie era su personaje favorito.

Ariel siguió haciéndose pis en la cama todas las noches. Ya no le importaba dormir con un pull-up, aunque nunca lo habría admitido. No tuvo más accidentes de día, para su satisfacción.

Una semana después de Navidad Jessica llevó a su hija al médico para un reconocimiento. Aún no le había hecho partícipe de su preocupación porque su hija se hiciese pis en la cama y se lo dijo al Dr. Carter. Él le respondió:

- Es probable que se deba al esfuerzo que le está suponiendo aprender a leer y a haber sido devuelta a la guardería. ¿Se ha hecho pis de día?

Ariel palideció, sorprendiéndose como si le hubiera leído la mente. Pero Jessica no sabía nada de sus anteriores accidentes y dijo que no. Le hicieron a Ariel unas pruebas que demostraron que no tenía ningún problema urinario. Su problema del pis era claramente debido a la tensión soportada, dijo el doctor, y en cuanto Ariel mejorara con la lectura y adquiriera más confianza en la guardería, empezaría a dejar de hacerse pis en la cama.

Cuando llegaron a casa Ariel estaba sedienta así que se bebió un vaso entero de mosto. Luego pensó que si trabajaba en su lectura y mejoraba antes de que acabasen las vacaciones, su madre no la llevaría a la guardería después de todo. Encontró un libro de lectura elemental en su habitación y empezó a trabajar con él. Hacia la mitad de la lectura sintió una cálida humedad y se dio cuenta que le había pasado otra vez.

Empezó a llorar. ¡Era muy mayor para estar haciéndose pis! ¿Qué pasaría si le ocurría en el colegio o algo así? ¿Y qué diría su madre? Hasta ahora había llevado bien lo de hacerse pis en la cama, pero esto era diferente.

Tal vez podría ocultárselo a su madre. Abrió un cajón y encontró un par de braguitas limpias y un par de vaqueros. Había llevado puesto un pantalón de chándal rojo, pero no tenía otro, y sólo podía rezar para que su madre no se diera cuenta. Pensó que podría aclarar el pantalón y la braguita en el baño, más tarde esconderlos debajo de la cama hasta que se secaran, guardarlos en el cajón después y su madre no lo descubriría. Desgraciadamente no salió así.

Justo cuando se estaba poniendo los vaqueros sonó el teléfono, era Mónica. Acababa de llegar de las vacaciones y preguntaba si Ariel podía ir a su casa y jugar con ella. Ariel aceptó rápidamente. Todavía no había limpiado ni el pantalón ni la braguita y supuso que podría dejarlos bajo la cama durante unas horas y lavarlos cuando volviese a casa. Colocó el pantalón y la braguita bajo la cama y se fue corriendo a la casa de Mónica.

Después de que se fuese Mónica, Jessica miró hacia abajo y decidió que había que aspirar la moqueta. Decidió empezar por la habitación de Ariel. Se agachó y empezó a sacar cosas de debajo de la cama de Ariel.

Mientras tanto, Ariel se divertía con Mónica. Se atrevió a decirle a su amiga que iba a volver a la guardería, pero a Mónica le parecía bien.

- Al fin, de este modo aprenderás a leer. No es como si fueses pequeña o algo así.

- Sí que lo soy.

- ¿Qué quieres decir?

Ariel no le había contado a nadie que se hacía pis en la cama, pero de algún modo lo contó todo. Lo mal que se sentía por no saber leer bien, por desilusionar a su madre por empezar a hacerse pis en la cama. Cómo su madre le había puesto pull-up para no mojar las sábanas y cómo de algún modo le gustaba usar los pull-up aunque no estaba segura de porqué. En cambio no le contó a su amiga lo de sus accidentes. Era demasiado embarazoso.

La reacción de Mónica fue totalmente diferente a lo que había esperado.

- ¡Que suerte! – dijo Mónica.- Te pones un pull-up para dormir. Ojalá pudiera dormir con ellos, pero en vez de eso mi madre me ha puesto una alarma.

Ariel estaba un poco confundida y Mónica se lo explicó.

- Me hago pis en la cama desde que tenía cinco años. Pero mi madre no me puso pull-up. Me puso una alarma y me dijo que la conectara a la una de madrugada, y cuando sonara, me levantara para ir al baño.

- ¿Y si se te olvida?

- Entonces me hago pis y mamá se enfada y me regaña. Ojalá pudiera llevar pull-ups. Una vez que estuve en casa de una prima me puse uno de los suyos ¡y era tan cómodo! Si llevara un pull-up no tendría que levantarme a hacer pis.

- Pues dile a tu madre que te ponga pull-ups.- Le sugirió Ariel.

- No puedo. Mi madre no es tan buena como la tuya. Me regañaría.

Ariel tuvo una idea.

- Puedo decirle a mi madre que hable con la tuya. Si mi madre le dijera a la tuya que está bien, tal vez no le importaría mucho. Se lo diré cuando llegue a casa.

- ¿Lo harías? ¡Qué bien estaría! Gracias Ariel.

Las dos se pusieron a jugar a las muñecas hasta que Jessica llamó a Ariel a la hora de la cena. Ariel se fue corriendo a su apartamento ansiosa por contarle a su madre que Mónica llevara pull-ups.

Pero Jessica habló primero.

Cariño, he estado hoy limpiando tu habitación y he encontrado algo debajo de tu cama que quería comentarte.

Ariel se acordó de repente lo que había ocurrido aquel día por la mañana. ¡Su accidente! Su madre debió haber encontrado sus bragas y el pantalón de pijama manchados de pis. Aterrada, siguió a su madre al dormitorio en donde Jessica sacó de debajo de la cama la ropa empapada y maloliente.

- ¿Me puedes decir qué pasó?

- M. . . Me hice pis.

- Ya veo. ¿Por qué no me lo dijiste?

- Me daba mucha vergüenza. Y pensé que te enfadarías.

Jessica suspiró y se sentó en la cama, cogiendo a Ariel y poniéndola junto a ella.

- Ariel, cariño ¿cuándo me he enfadado porque tuvieras algún accidente?

- Bueno, nunca. Pero la última vez que me hice pis tenía cuatro años. Soy muy mayor para eso ahora.

Jessica contestó.

- A ver, fue un accidente. Estas cosas ocurren. No me enfado con cosas que no pueden ayudarte. Pero me hubiera gustado que no me hubieras mentido.

- Lo siento, mami.

- Ya lo sé – Jessica abrazó fuerte a su hija.

De pronto Ariel se acordó de Mónica.

- Mamá, Mónica se hace pis en la cama, pero su madre le hace levantarse en la mitad de la noche para ir al baño y Mónica lo odia. ¿Podrías llamar a la madre de Mónica y decirle que le ponga pull-ups.

Jessica frunció el ceño.

No sé. Estoy de acuerdo en que Mónica no debería levantarse para ir al baño pero yo no tengo que decirle a la Sra. Johnson cómo criar a su hija. Si Mónica quiere ponerse pull-ups, lo que necesita es decírselo ella misma.

El semblante de Ariel se entristeció y Jessica trató de animarla. Le sugirió que invitara a Mónica a pasar la siguiente noche, dado que el día siguiente era el último de vacaciones. Ariel prácticamente se fue corriendo a llamar a Mónica a contárselo. Le dijo tristemente a Mónica que le había sido imposible convencer a su madre de que llamara a la suya para ponerle pull-ups.

Pero Mónica tenía otra idea.

- Puesto que voy a pasar la noche, podría ponerme un pull-up y ver que se siente. Mamá nunca lo sabría.

Ariel, entusiasmada, estuvo de acuerdo. No podía esperar a la noche siguiente.

Capítulo 4

Mónica llegó a las ocho de la noche del siguiente día. Ariel y ella estaban tan excitadas que Jessica empezó a sospechar.

- Muy bien, Ariel. ¿Dónde esconderías los caramelos? [Cap.4 1](*)- dijo. Aquello hizo que se rieran incluso más fuerte. Jessica movió la cabeza.- Para ser dos niñas que tienen que volver al colegio pasado mañana, parece que estáis muy contentas. ¿Planeáis escaparos y quedar con unos chicos cuando me haya acostado?

A Jessica le tranquilizaba ver a su hija tan contenta. Ariel ya no parecía preocupada por ir a la guardería. Y aunque los pull-ups continuaran empapados por la mañana, ya no parecía que lo llevara mal. Jessica sí que hubiera deseado poder librarse de la ansiedad por el accidente de Ariel del día anterior. No era el accidente en sí lo que le había preocupado; Ariel probablemente estaba tan absorta en lo que estaba haciendo que no se había dado cuenta que tenía que hacer pis hasta que había sido demasiado tarde. ¿Pero por qué se lo había ocultado? Jessica probablemente hubiera hecho lo mismo cuando tenía su edad, pero no podía recordar su relación con su propia madre lo suficientemente bien para compararla con la de la suya y su hija. No había tenido madre desde que tenía seis años.

No, nunca una madre, sólo padres de acogida y Jessica no podía contarles nada .Siempre que empezaba a sentirse bien con algunos padres de acogida, algo acababa saliendo mal. Se mudaban, o tenían un hijo propio, o lo que fuera, pero acababan llamando a la asistente social de Jessica, la Sra. Blane, y decían: “No podemos mantenerla más, hay algo que no funciona.” Jessica volvía a casa desde el colegio y se encontraba todas sus cosas recogidas en su maleta y se iba ese día. Sin tiempo para despedirse de amigos, o novios, o profesores. Nunca tuvo amigos íntimos porque llevaba tiempo hacer amigos, y en cuanto los hacía se tenía que mudar de nuevo, no parecía merecer la pena.

Josh había sido su primer novio. Empezaron a salir cuando ella tenía catorce años. Era su primer día en el instituto y ella se había mudado en el verano, por lo que no conocía a nadie. Aquel día él estaba sentado en su misma clase, detrás de ella, y apenas sabía su nombre antes de proponerle una cita. Ella se sintió tan halagada, después de todo, ella no le conocía y no sólo porque fuera de último curso y ella de primero.

La llevó al cine esa noche. Al final de la noche la llevó de vuelta a casa de sus padres adoptivos y la besó. No un piquito, sino un apasionado beso que fue seguido de una invitación para una segunda cita. En esa segunda cita fueron a la escuela de baile, pero ya había cerrado, saltándose y omitiendo el baile, por lo que fueron a la casa de él -donde no había nadie- y estuvieron hablando toda la noche, y después hubo más que besos, aunque no llegaron hasta el final.

Jessica sabía que Josh quería tener sexo con ella desde aquella segunda cita, pero no se sentía a gusto, por lo que él esperó. Ella era tan joven, pero odiaba hacerlo esperar. Le preocupaba que si no quería tener sexo con ella, la dejara por otra que sí quisiese. Josh no la ayudaba. Aunque no la amenazaba con dejarla, le hacía ver que todo el mundo tenía sexo, y era perfectamente seguro si se usaba un condón. Así que ella finalmente accedió.

La primera vez de Jessica fue horrible. No pudo relajarse lo suficiente para disfrutar y estuvo preocupada porque Josh había “olvidado” ponerse el condón y ella estaba demasiado asustada para recordárselo. Y lo peor de todo, le dolió terriblemente. Como consecuencia sangró y no sabía si era normal sangrar después de la primera vez, por lo que estaba asustada de que algo hubiera ido mal. Finalmente le expresó sus miedos a Josh que se rió de lo inocente que era. Tenía catorce años y medio aquella primera vez.

Continuaron teniendo sexo durante el siguiente año y medio, y veces, Jessica lo disfrutaba. Seguía preocupada por quedarse embarazada, pero después de esa primera vez ella y Josh fueron rigurosos con el condón. Entonces, una noche tres semanas antes de cumplir dieciséis años, el condón se rompió.

Josh le dijo que se sacara la cabeza del condón, que así no habría manera de que se quedara embarazada. Que “sólo las guarras se quedaban embarazadas”- decía. Se lo dijo esa vez y otra, y siempre que ella le contestaba “¿Y por que tengo vómitos por la mañana, por qué como cosas raras, y por qué demonios no me ha venido el período?.”

Él movió la cabeza y dijo:

- No, no estás embarazada. Es sólo una gran coincidencia.

Estaban a punto de romper, cuando ella fue a ver a un médico y demostrarle que estaba embarazada. Entonces él se disculpó, la abrazó fuertemente, le dejó llorar en él, y le aseguró que todo iría bien, que se casarían y que ella se iría a vivir con él.

Al final no se casaron, pero ella se fue a vivir con él y consiguió el trabajo de camarera con el que colaboraba en el mantenimiento familiar. El dinero no era tan escaso como ahora, no es que fuesen ricos, pero Josh tenía un buen empleo como jefe de un almacén de ropa, así que se arreglaban bien. Jessica continuó yendo al instituto, pero ser madre, trabajar de camarera y estudiante era casi demasiado para ella. A veces seguía levantada a las dos y las tres de la madrugada durante el último año de bachillerato, estudiando y meciendo a Ariel para que se durmiera.

Josh no colaboraba precisamente. Salía de juerga con sus amigos hasta muy tarde en la noche, dejándola sola con todas las tareas de la casa, los estudios y una bebé llorona. Ella empezó a dudar que él fuese tan grande como una vez creyó. A veces se decía a sí misma si no debería coger a Ariel y dejarle.

Más adelante, en una noche de verano después de que acabase el bachillerato, él no llegó a casa hasta las seis de la mañana. Cuando ella se levantó esa mañana, él estaba furioso porque no había salido a cenar con él. La discusión que siguió fue terrible y Jessica aún todavía no se encontraba con fuerzas para echar la vista atrás y recordarlo. Al mediodía de ese mismo día, él se fue llevándose todo el dinero. No le volvió a ver. Aquél terrible día la dejó devastada pero había una cosa de la que se tenía que ocupar, su hija Ariel.

Hasta entonces Ariel había dado mucho la lata. No hacía otra cosa que estar en la cuna y llorar. Necesitaba a todas horas algo, un pañal limpio, comer, sentirse cómoda u alguna otra cosa. Jessica nunca había tenido tiempo para jugar con su hija o hacer algo que no fuera darle de comer, protegerla y vestirla. Pero después de que Josh se fuera, Jessica empezó a ver a su hija con otros ojos. Ariel era todo lo que tenía. Ahora que había dejado de estudiar y ya no tenía un novio para el que cocinar ni limpiar, tenía tiempo para jugar con su hija. Pasó los siguientes cinco años intentando compensar las desatenciones que Ariel había sufrido el primer año, y siempre había creído que lo había estado haciendo bien.

Hasta que Ariel se hizo pis el día anterior. Probablemente era porque estaba alterada por sus problemas en el colegio. ¿Pero por qué sintió necesidad de ocultárselo a su madre? Jessica siempre le decía siempre a Ariel que cuando tuviera un problema, debía contárselo a su madre y lo resolverían juntas. Obviamente a Ariel le preocupaba que Jessica se enfadase cuando descubriera su accidente.

Quizá Jessica estaba leyendo demasiado sobre esas cosas. Ariel probablemente estaba avergonzada. Algunas cosas no se cuentan a nadie.

Jessica dejaba a Ariel y Mónica preparar galletas, algo que implicaba bastante valentía. De algún modo la masa de las galletas parecía haber acabado por todas partes excepto en la propia galleta.

- De acuerdo -anunció Jessica.- Parte de hacer galletas consiste en limpiar. Mientras éstas están en el horno, quiero que vosotras. . . ¿Ariel, Mónica?- No se les veía por ninguna parte.

Ariel y Mónica se habían escapado del fastidio de limpiar, a la habitación de Ariel a ponerse los pijamas y los pull-ups. Precisamente se estaban poniendo los pull-ups cuando de repente oyeron que alguien llamaba a la puerta.

- ¡Ariel, Mónica! Tenéis que venir a limpiar.

Ariel y Mónica se intercambiaron miradas de miedo y rápidamente se abrocharon los botones del pijama justo cuando Jessica entraba.

- Ah, qué monas estáis con vuestros pijamas. Ahora tenéis que limpiar todo lo de las galletas.

Aliviadas, Ariel y Mónica fueron hacia la cocina.

A la mañana siguiente, las dos estaban mojadas. Jessica se llevó a Ariel al cuarto de baño y le ayudó a limpiarse. Mónica estaba celosa. Su madre no le permitiría llevar pull-ups y la de ella sí, y si lo hacía, su madre probablemente la gritaría cuando estuviese mojada. Pero la madre de Ariel era mucho mejor que la suya. Mónica se preguntaba lo que diría si le pedía a Jessica que le cambiase también. Cuando Jessica y Ariel salieron del baño, miró tímidamente a Jessica y le dijo:

- ¿Me cambias a mí también?

Jessica la miró confundida.

- Claro Mónica, me encantaría, pero no sabía que llevaras pull-ups.

- Bueno, habitualmente no , pero Ariel me ha dejado uno esta noche. Por favor, no se lo digas a mi madre.

A Jessica le dio pena que la pequeña niña tuviera miedo de su madre. A ella no le caía muy bien la madre de Mónica, la estaba siempre gritando a Mónica por todo, y eso enfurecía a Jessica. Quería gritarle a la madre de Mónica que dejara de tratarle como si fuera una prisionera o algo así, pero se mordía la lengua por miedo a que la madre de Mónica no dejara a Ariel ir más a su casa después del colegio. Sin embargo, al menos lo que podía hacer por Mónica era dejar que llevase pull-ups en su casa.

- Pues claro, no se lo diré a tu madre. Vamos al baño a que te limpie. Podrás usar pull-ups en esta casa siempre que quieras.

(*) La expresión original es “Where´d you hide the candy?” No estoy seguro de que la traducción literal sea correcta, pero tampoco sé si es una frase hecha cuyo significado no conozco.

  1. La expresión original es “Where´d you hide the candy?” No estoy seguro de que la traducción literal sea correcta, pero tampoco sé si es una frase hecha cuyo significado no conozco.

Capítulo 5

Ariel se sentó en su escritorio y se quedó mirando la ventana. Llevaba una semana en la guardería y había sido mucho más fácil de lo que era primero. Demasiado fácil, a veces. Ya había hecho los ejercicios de matemáticas, aunque nadie parecía estar, si quiera cerca de acabar.

Tenía que hacer pis desesperadamente, y aquella condenada sustituta no le dejaba ir al baño.

- Deberías haberlo hecho en el recreo – le había dicho bruscamente cuando Ariel se lo pidió –. No te permito que vayas al baño. Puedes esperar hasta la hora de la comida.

Excepto ahora, Ariel no estaba segura de si podría.

Se lo iba a hacer encima pronto si no le dejaba salir en seguida. Alzó la mano otra vez y la maldita sustituta se dirigió hacia ella.

- Por favor ¿Puedo ir al baño? ¡Es una emergencia!

La sustituta movió la cabeza con una fina sonrisa en sus labios. Era obvio que disfrutaba la tortura de Ariel. Ariel echó un vistazo al reloj. Diez minutos para ir a comer. No podría esperar tanto. Estaba claro qué tendría que hacer. Se levantó y se fue corriendo hacia la puerta.

- ¡Eh! – gritó la sustituta – ¡Vuelve aquí inmediatamente!

Ariel la ignoró mientras corría hacia el baño. Fue demasiado tarde en cualquier caso, debería haber ido antes. La orina le empezó a fluir por las piernas. Se presionó con la mano, tratando de pararlo, pero, incluso fue peor. Llegó al baño justo cuando el chorrito de pis disminuía y al sentarse se paró. Empezó a llorar mientras se quitaba la ropa empapada. Su madre no estaba allí para ayudarla ahora. ¿Qué haría ahora?

Se oyó que alguien llamaba a la puerta y antes de que Ariel pudiera decir nada, esa asquerosa sustituta entró.

- Bien, supongo que te hubiera gustado haber ido al baño en el recreo – dijo con suficiencia – Ve a ver a la enfermera y que llame a tu madre para que te traiga algo de ropa.

- ¡Jessie, guapa! ¿Te gustaría que saliésemos en sábado por la noche?

La pregunta iba acompañada de una sonrisa que siempre le había parecido falsa a Jessica. Pero todo lo relacionado con Steve Thomas le parecía falso a Jessica. Constantemente le proponía salir y no paraba de contarle chistes groseros que la crispaban. Le devolvió la sonrisa, tratando que su sonrisa pareciese tan falsa como la suya.

- No puedo, Steve. Tengo que estar en casa con mi hija.

- Mi hija puede hacer de canguro. Tiene catorce años y es muy responsable. Casi tanto como yo.

- Me siento mejor ahora – murmuró Jessica.

- ¿El qué?

- Nada.

Jessica miró fijamente al ayudante de camarero mientras sujetaba una bandeja llena de nachos con guacamole en su brazo derecho. El tipo casi le doblaba en edad, aún así no dejaba de importunarla con conseguir una cita. Steve era el último hombre con quien Jessica querría salir. Había salido con algunos chicos desde que Josh le dejara, pero no había funcionado con ninguno.

- ¿Jessica? – Otra camarera y una de las mejores amigas de Jessica, Christine, estaba con el teléfono descolgado –. Es para ti. La enfermera del colegio Ocean Lakes.

- Fantástico, todo lo que necesito es que Ariel enferme – gruñó mientras cogía el teléfono.

Colgó y se giró hacia Steve.

- Me tengo que ir, mi hija está enferma.

- ¿Qué le pasa?

- Me gustaría explicártelo. No lo sé. Me tengo que ir.

- ¡Eh! ¿No vas a compartir las propinas conmigo? Ya sabes, como hacen la mayoría de las camareras con sus ayudantes.

Jessica suspiró y rápidamente contó el dinero, pero él movió la cabeza.

- Eh, sal conmigo y así no tendrás que compartir las propinas.

- Steve, escucha. No me gustas. No eres mi tipo –. Jessica le sonrió satisfecha a Steve mientras le enseñaba el dinero en la mano y la cerraba – ¿Está claro ahora?

Veinte minutos después, Jessica aparco su destartalado Ford en el aparcamiento del colegio. Cuando apagó el motor, agradeció vivamente que el coche le hubiese permitido sobrevivir al trayecto. Algún día, ella lo sabía, su coche moriría y ella no sabía qué es lo que haría sin coche.

Consiguió el resto del día libre, si era necesario. Sería como arrancarle un diente hacer que Ariel volviese al colegio una vez cambiada. Incluso al teléfono había podido oír la voz de Ariel de fondo insistiendo. “¡Había sido culpa suya, no me dejó ir al baño, no hay derecho!” Jessica sonrió irónicamente y movió la cabeza.. Si Ariel tenía que pasar los siguientes once años en el colegio, lo mejor era que aprendiese que las profesoras sustitutas actuaban generalmente como si sufriesen síndrome premenstrual permanente.

Ariel estaba sentada de mala manera cuando Jessica entró en la oficina.

- Bien, mírate. Sigue sentada mucho tiempo así y te dolerá la espalda el resto de tu vida.

Cuando vio la alicaída cara de Ariel la sonrisa se le desvaneció.

- ¡Eh! ¿A qué viene esa cara larga? No está bien. Te he traído ropa limpia y te ayudo a cambiarte antes de irnos a casa.

Llevó a Ariel a la sala contigua. Ariel empezó a llorar según entraron en la sala. Jessica la examinó preocupada. Nunca había visto así a su hija.

- Ariel, cariño ¿Por qué estás tan triste? Ya sé que te da mucha vergüenza, pero ya pasó y ahora te vas a casa.

- Mañana tendré que volver al colegio. ¡Todos vieron que me hice pis y se reirán! ¡Soy la niña más mayor de la clase y soy la única que todavía se hace pis como un bebé!

-Ariel, amor, esas cosas ocurren. Es probable que le pasara antes a alguien de tu clase y tú no estuvieras justamente ahí para verlo. Todo el mundo tiene accidentes en algún momento u otro.

Ariel empezó a sentirse mejor. Aquello ya había pasado. Hubo un chico en su clase de primer curso que se hizo pis, y en la guardería el año anterior hubo una chica que se hizo caca. Ariel no se lo había hecho desde que tenía tres años y no podía imaginarse haciéndoselo de nuevo. Era demasiado asqueroso, incluso pensar en eso.

A la mañana siguiente Ariel cogió la harina de avena demasiado nerviosa para, realmente comerla. Jessica se estaba impacientando.

- ¡Date prisa y acaba Ariel! Tienes que coger el autobús y yo no puedo llegar tarde al trabajo.

Ariel empujó la cosa fría y pegajosa que sabía y parecía un calcetín sudado en el gimnasio.

- Ya está, creo – dijo. Esperaba oír el habitual comentario sobre los niños hambrientos en China (Ariel nunca entendía porqué su madre decía eso. ¿Acaso esperaba enviar sus restos de comida a China?), pero en lugar de eso, Jessica la miraba con una agradable sonrisa.

- Mami, ¿Puedo quedarme hoy en casa todo el día? Seré buena, lo prometo. Iré al trabajo contigo. Pero, por favor no me hagas ir al colegio – suplicó Ariel.

- Ariel, no puedes pasarte el resto del año sin hacer nada. Al fin y al cabo tendrás que volver al colegio y también puedes ir hoy y afrontarlo. Si se ríen de ti, pues ignórales. Lo que quieren es fastidiarte. Cuando vean que sus bromas no te afectan, pararán.

- ¡Pero no es la primera vez que me hago pis! ¿Qué ocurrirá si me pasa otra vez?

Jessica se quedó mirando a su hija.

- Bueno, hay una manera de prevenirlo.

- ¿Cuál?

- Podrías ir al colegio con un pull-up puesto.

Ariel se quedó pensando.

- Vale – dijo –. Me pondré uno.

Jessica se quedó algo sorprendida, pero todo lo que dijo fue:

- Vale. Ve al baño y ponte uno.

Ariel le preguntó tímidamente a su madre si podía ayudarla a ponerse el pull-up. No sabía porqué, pero le hacía sentirse mejor cuando su madre le cambiaba. Su madre era tan buena. Nunca le gritaba, ni incluso cuando Ariel tiró zumo de arándano sobre toda la alfombra blanca del salón. Cerró los ojos, contó en silencio hasta diez y le dijo a Ariel que trajera varios trozos de papel de cocina y el limpiador de moquetas.

Después de cambiar y poner a Ariel el pull-up, la envió al colegio. Veinte minutos después, entraba a regañadientes en clase. El Sr. Keever había vuelto, gracias a Dios. Era mucho más simpático que de lo que había sido la sustituta.

Un chico con quien nunca había hablado la vio y empezó a reírse.

- ¡Eh, mirad, esa es la chica que ayer se meó en los pantalones! ¡Qué tonta! ¡Le daba tanta vergüenza que se fue a llorando a casa con su mamá! – todos los niños a su alrededor se empezaron a reír.

A Ariel se le empezaban a saltar las lágrimas, pero una chica dio un paso al frente delante de ella y se encaró con el gracioso.

- ¡Basta ya, Carson! Sólo tuvo un accidente. ¡Si no te callas le diré a todo el mundo que una vez en preescolar te cagaste en los pantalones! – todos los niños re rieron otra vez, pero esta vez de Carson.

Ariel se puso junto a la chica.

- Eh, gracias por defenderme – dijo Ariel.

- Ningún problema. Conozco a Carson desde el preescolar y ¡siempre ha sido así! Mi nombre es Diana, ¿quieres que seamos amigas?

- ¡Claro!- Ariel estaba inmensamente agradecida. Tenía una nueva amiga, nadie se iba a reír de ella otra vez de sus accidentes, y lo mejor de todo, podría hacerse pis en el pull-up y nadie lo sabría.

Capítulo 6

Jessica se dejó caer pesadamente en el sillón, con un libro en el regazo que no estaba leyendo. Era casi la medianoche, pero no estaba cansada. La noche la deprimía. Unos años antes, la noche significaba fiestas y citas con Josh. Salieron casi todas las noches de los viernes durante un año, y los sábados en los que él se las arreglaba para que les invitaran a alguna fiesta. Salían durante horas, bebiendo y bailando y volviendo a la casa vacía de Josh (sus padres raramente estaban en casa), y seguían la diversión entre ellos dos. En las noches en que no salían, ella se quedaba tumbada en la cama, impaciente porque llegara el día siguiente y pudiera verle.

Ahora la noche significaba soledad. Ariel estaba acostada, y sólo tenía una persona a quién llamar: su mejor (y única) amiga, Christine. Pero Christine tenía dos hijos, y ahora era difícil para ella y Jessica estar juntas fuera del trabajo sin los niños. No había hombres. Ella lo era todo para sí en su apartamento, que ahora le parecía tan inmenso, con sólo una niña de seis años por compañía. No se había sentido tan sola desde antes de conocer a Josh.

Se levantó y se estiró. Más valdría acostarse y tratar de dormir, considerando que tenía que levantarse a las seis de la mañana. No entraba a trabajar hasta las ocho de la mañana, pero tenía que tener a Ariel lista para que cogiera el autobús del colegio, que llegaba puntualmente a las siete y veinticinco. Podía matar a la junta del colegio de Virginia Beach por cambiar las horas de la enseñanza elemental y media de la mañana para el curso 98-99. Podían hacer que los de la enseñanza elemental entraran a las siete de la mañana; a ellas les daría tiempo a estar listas. Ariel era tan lenta por las mañanas, era todo lo que Jessica podía hacer para no empezar a gritar.

Ariel se incorporó en la cama. No sabía lo que le había despertado, pero de repente se sentía muy sola. El pull-up estaba empapado y helado. La manta se le había caído de la cama, pero de alguna manera inclinarse y recogerla le parecía muy cansado. La habitación estaba oscura y estaba asustada de la oscuridad. Nunca antes no lo había estado, pero en las últimas noches había tenido miedo. Sombras bailaban fuera de las persianas cerradas. Ariel sabía que sólo eran árboles, pero parecían asesinos que trataban de entrar en su habitación. ¿Dónde estaba su madre? Su madre debería estar allí para cuidarla.

- ¡Mami! – Ariel empezó a llorar. Sabía que era infantil, pero no podía evitarlo. Gritó fuerte – ¡Mami! – De repente la puerta se abrió y la luz cayó sobre la cama. Medio segundo después, su madre estaba con ella.

- Ariel, cielo ¿Qué pasa? Es casi medianoche. Creía que estarías dormida.

A Ariel le resultaba imposible no sonar lastimosa.

- Tengo frío, me he hecho pis y tengo miedo.

Su madre se sentó en el borde de la cama. Cogió a Ariel en su regazo y empezó a mecerla.

- Ssssh, ya está. Calma. Voy a cambiarte. ¿De qué está asustada?

- ¡De todo! De sombras y cosas en la cama. ¡No quiero estar aquí! ¡Quiero dormir contigo!

Jessica tumbó a Ariel en la cama le quitó los botones del pantalón del pijama y empezó a quitarla el empapado pull-up. Era casi como cambiar un pañal de bebé y le resultaba muy plácido a Ariel. Después de cambiarla, Jessica la cogió y se la llevó a su habitación.

- Aquí – dijo suavemente –. Duerme conmigo esta noche. Mañana compramos una lamparita y así podrás intentar dormir en tu habitación. ¿De acuerdo? – Ariel, ya amodorrada del suave sonido de la voz de su madre, asintió. Jessica se acostó junto a Ariel, y madre e hija pronto se quedaron dormidas.

Unos días después, Jessica estaba sentada en el sillón, otra vez tratando de leer un libro con poco éxito. Era un día cálido de Febrero. La temperatura máxima para el día se suponía que iba a pasar de los veinte grados. Ariel, a pesar de sus quejas de que nunca nevaba, parecía disfrutar del tiempo. Estaba fuera jugando con Mónica y algunos niños más del barrio. A Jessica le parecía que estaban intentado conseguir algún punto de kickball (*). Sintió un súbito deseo de tener seis años, de estar fuera jugando con sus amigos y no tener nada de qué preocuparse excepto que su equipo ganara al de los chicos.

El teléfono sonó y saltó con el súbito ruido. Agarró el inalámbrico.

- ¿Diga?

- ¿Jessica?

Jessica emitió un grito sordo de sorpresa a la voz en la otra parte. Al instante docenas de recuerdos, algunos dolorosos y otros felices se atropellaron en su mente. La voz al teléfono era de alguien que no había vuelto a oír en cuatro años y medio, excepto en sueños, o mejor dicho en pesadillas. La voz al otro lado de la línea pertenecía a Joshua Powell.

Hizo un par de inspiraciones profundas.

- ¿Josh? ¿Eres, eres tú?

- Sí, soy Josh.

Jessica se levantó y empezó con su nervioso hábito de ponerse a andar por la casa.

- Bueno, qué bien tener noticias tuyas. ¿Qué ha sido de ti últimamente? – como si no fuera más que un amigo a quien no hubiera oído en un tiempo. En cierto modo, eso era exactamente.

- Escucha, Jessica, no tengo mucho tiempo para hablar. ¿Hay alguna posibilidad de que pueda veros a ti y a Ariel, digamos, mañana al medio día?

Si Jessica se había conmocionado antes, no era nada comparado con lo que sentía ahora. Nunca habría ni soñado con que Josh quisiera volver a verla.

- Bien, yo . . . no sé. Es una noticia pequeña, pero tremenda. Mañana es Domingo ¿no? – ¿no podía decir nada más inteligente? Él debía de creer que el cerebro le habría encogido desde la última vez que la vio.

Josh respondió.

- Sí, mañana es Domingo. Sé que es una noticia pequeña, pero no tiene que causarte problemas. Quiero verte, y especialmente a Ariel. Voy a estar en la ciudad sólo hasta el lunes por la noche y sé que Ariel tiene que ir al colegio el lunes, y tú probablemente a trabajar. Por favor, déjame ir mañana.

Estaba casi rogando, y eso le hizo a Jessica sonreír.

- ¿Sabes? Cuando pides así las cosas, suenas como nuestra hija de seis años. Supongo que sí puedes venir a visitarnos. Te veo mañana.

Colgó el teléfono y sólo entonces se dio cuenta de lo que acababa de pasar. ¡Joss iba a volver en menos de veinticuatro horas! ¡Quizás quería pedir perdón por haberla dejado! ¡Quizás incluso quería volver a estar juntos de nuevo! No estaba segura de si era eso lo que quería, pero la posibilidad nunca se había presentado antes.

Sólo había un problema: Ariel. ¿Cómo iba a sentirse con la reaparición de su padre, teniendo en cuenta todas las historias horrorosas que le había contado sobre él? ¿Le excitaría ver al hombre que había estado con ella la mayor parte de su primer año pero que no recordaba? ¿O le tendría miedo por cómo las había tratado? Bien, sólo había una manera de averiguarlo. Jessica se fue a la puerta principal y llamó a Ariel.

Era casi el turno de Ariel cuando oyó a su madre llamarla a gritos.

- ¡Jo! – gruñó – Probablemente quiere que vaya a comer. Nunca me deja divertirme.

- Haz que no la oyes y te dejará – le incitó Mónica. Dos minutos después Jessica estaba desesperada de llamar a Ariel.

- ¡Ariel! – chilló finalmente – ¡Sé que puedes oírme porque no está sorda, y yo hacía lo mismo cuando no quería ir! Es sólo para cinco minutos y luego podrás volver a salir.

Ariel suspiró y se volvió a Mónica.

- Será mejor que me vaya antes de que se enfade. Volveré en un momento.

Corrió a casa.

- Mamá ¿por qué me avergüenzas así? ¡Todos van a pensar que soy como un bebé que no puede estar lejos de su madre más de cinco minutos!

Jessica apenas la oía.

- Ariel, cielo. Tengo noticias importantes para ti.

- ¿El qué? ¿Vamos a tener un animalito? – añadió Ariel excitada.

Jessica se rió.

- No, no vamos a tener un animalito. Acabo de colgar el teléfono y hablar con tu padre. ¡Mañana va a venir a verte! ¿No es excitante?

- Oh – por un segundo, Ariel se quedó sin expresión. Después frunció el ceño y se quedó mirando a su madre –. Pero yo creía que para ti era tonto, y que te dejó por alguna puta guarra y barata que había encontrado en un bar.

- ¡Ariel Michelle Crawford! Cuida tu lenguaje, jovencita. ¿Dónde has aprendido a hablar así?

Ariel tragó saliva. Cuando su madre decía “jovencita” y la llamaba por su nombre completo, había malas noticias.

-Es lo que te oí decirle a tu amiga Christine. ¿Qué es lo que significa?

Jessica suspiró.

- No te preocupes. Ya te lo contaré luego. Tu padre me dejó, es cierto, pero las personas pueden cambiar. Fue hace casi cinco años. La gente cambia. Es mayor que yo, y tal vez sea más responsable y maduro. Además, él no decía que fuésemos a casarnos. Creo que quiere verte más a ti que a mí.

Ariel estaba otra vez preocupada. Había visto cosas en la TV en la que los padres trataban de quitar a los niños de sus madres y eran malos con ellos.

Tuvo una terrible pesadilla esa noche. Es como si estuviese viendo una escena del pasado en la que su madre estaba sentada en la mesa llorando y había un bebé a su lado que decía “¿mami llora? ¿mami triste?” Ariel supuso que el bebé era ella. Su madre parecía más joven, no mucho mayor que las chicas mayores que ella y Mónica veían a veces alrededor del barrio y que iban al estudiaban enseñanza media.

En el sueño, estaban en el apartamento. De repente la puerta se abría y un hombre entraba. Tenía el pelo castaño y rizado y parecía que tenía ventipocos años. La madre de Ariel saltó de la mesa.

- ¿Dónde has estado? – le preguntó y el tono era duro. Ya no lloraba, de hecho parecía furiosa, más enfadada de lo que Ariel nunca la había visto.

El hombre miraba a Jessica y si ella parecía enfadada, no era nada comparado con el gesto de su cara.

- ¿Qué te importa donde haya estado? ¿No debería preguntártelo yo? Venga, Jessica, no soy idiota. Sé de puta madre lo que pasa aquí cuando estoy trabajando. - ¡Lo que pasa por aquí es que parezco una esclava tratando de trabajar, cuidar un bebé y limpiar para ti! ¿Cómo puedo ni siquiera tener tiempo para invitar a alguien? Josh, sé que sales con alguien ¡y también sé que no vas a trabajar! ¡Te intenté llamar anoche y me dijeron que llevabas fuera dos semanas! Lo que hagas con tu vida personal es asunto tuyo, ¡pero no voy a aguantar más preparándote comidas calientes mientras me robas a mis espaldas! Me voy. Mis cosas están empaquetadas. ¡Cojo a Ariel y me voy!

- ¡No te irás a ninguna parte! – soltó enérgicamente Josh - No puedes irte tranquilamente con Ariel. ¡También es mi hija! Si quieres irte, vete, pero yo quiero verla.

- ¿Tu hija? Como si alguna vez hubieras movido siquiera un dedo por ella.

Joss abofeteó a Jessica. El impacto la hizo tambalearse.

- ¡No digas que no me ocupo de Ariel! ¡La mantengo! ¡No podrías pagar nada con ese trabajo de camarera que tienes! ¡Quizás si no te hubieras quedado embarazada a los dieciséis años, tendrías un trabajo mejor! ¡Cómo puedes esperar que me quede con una puta que se quedó fuera de la circulación con quince años!

Jessica empezó a llorar otra vez.

- ¿Cómo puedes decir eso? ¡Fuiste tú quién me dejó embarazada! Y no digas que no podría mantenerme a mí y a Ariel con mi trabajo de camarera. Sé cómo administrar el dinero. Tú no eres más que un mocoso que lo tenía todo, pero yo no tenía nada más que una maleta llena de ropa. ¡Sigues siendo un mocoso! Nunca crecerás. ¿Cómo es posible que seas un buen padre?

Josh salió malhumorado y Jessica cayó al suelo llorando. Ariel se dirigió hacia su madre.

- ¿Papi enfadado mami? ¿papi no quiere mami? – empezó a llorar también. Jessica abrazó con fuerza a su hija.

- No, Ariel – lloró –. Papá no nos quiere ni a ti ni a mí. No es capaz de querer a nadie, excepto a sí mismo, pero se va y yo te cuidaré.

Ariel se despertó de un sobresalto y descubrió que estaba llorando. ¿Qué había pasado realmente? ¿Era de verdad su padre ese tonto o era otro que su imaginación había inventado? Su madre entró en la habitación.

- Ariel, ¿qué te ocurre? Te oí llorar y llamarme en sueños desde mi habitación. ¿Tuviste una pesadilla?

- ¡La peor! – Ariel procedió a contarle en detalle su sueño – ¿Fue así en realidad? ¿Así es como se fue?

Jessica estaba mirando a su hija.

- Ariel – dijo en voz baja –, tienes una gran memoria. Eso es exactamente lo que ocurrió. Después de que tu padre cogiera sus cosas, salió por la puerta y nunca le he vuelto a ver otra vez. Unos días más tarde descubrí que había retirado todo el dinero de nuestra cuenta conjunta y la había cancelado. Tuve que recurrir a los subsidios durante seis meses porque no tenía dinero.

- Pero ¿no intentaste buscarlo?

Jessica suspiró.

- Ya sabes, Ariel, que no. No me importaba si alguna vez volvía a verle. Supuse que si hubiera tenido algún interés en vernos a alguna de nosotras, podría llamar. Supongo que podría haberle llevado a los tribunales y que me pasara una pensión por tu manutención, pero era demasiado orgullosa. Quería probarle que podía criarte sola, y vestirte. Por eso es importante que le causes una buena impresión mañana – se quedó callada unos minutos y pensó en algo –. Ariel ¿te importaría si te pusieses un pull-up mañana cuando venga tu padre? Sé que no quieres, pero él nunca lo sabría y de ese modo no tendrías que preocuparte de si tienes un accidente enfrente de tu padre.

Ariel seguía teniendo de vez en cuando accidentes de día. Se había hecho pis varias veces más de día. Una vez se había hecho pis en el colegio, o eso pensaba Jessica. Lo que Ariel no le había dicho a su madre es que realmente se lo había hecho donde Mónica después del colegio, y no había sido un accidente. Mónica y ella estaban jugando fuera, y tenía que hacer pis. No tenía ganas de entrar y se lo hizo en el pull-up. Le encantó, pero más tarde se preocupó de que su madre se enfadara si se enteraba de la verdad, así que mintió.

- Supongo que sí – respondió. Su madre salió de la habitación un rato después, tras abrazar a Ariel, cambiarle el pull-up, y decirle que no se preocupara por la visita de su padre. Ariel se quedó despierta en la cama durante el resto de la noche, demasiado nerviosa y excitada para dormirse.

(*) Un juego popular en los niños de EE.UU. y que es una especie de mezcla entre béisbol y fútbol.

Capítulo 7

Father of minetell me where you have been I just closed my eyes my whole world disappeared father of minetell me how do you seeep with the children you abandoned and the wife I saw you beat I will never be safe I will never be sane I will always be weird inside I will always be lame.

- Ariel, apaga eso – dijo Jessica.

Ariel frunció el ceño.

- ¿Por qué? Es la verdad. ¿Y qué pasa si lo oye? ¿No debería saber cómo me siento? Además es tu CD de Everclear, y fuiste tú quién me enseñó las letras.

Jessica extendió el brazo y apagó el reproductor de CD.

- Espera a ver cómo se va la visita antes de cantarle algo – tanto Ariel como Jessica estaban irritables por la falta de sueño y el nerviosismo. Jessica se había pasado la mitad de la noche limpiando. Ahora sólo quedaban diez minutos antes de que Josh llegase.

Había una tarta de chocolate en la mesa, recién horneada y escarchada. Jessica recordaba que lo que más le gustaba a Josh por encima de cualquier otra cosa, era la tarta de chocolate. Ariel parecía un ángel con sus rizos rubios recién lavados y cepillados. Llevaba puesto un peto de pana rosa con una camiseta de manga larga blanca y rosa debajo. El pull-up no se le notaba.

Jessica había pasado un buen rato antes de decidir qué ponerse. Finalmente decidió ir informal con unos vaqueros y una jersey azul marino. Se recogió su pelo rubio en una coleta.

Ahora ella y Ariel estaban sentadas ansiosamente en el sillón. Ariel estaba aburrida y empezó a botar en el sillón. Jessica la miró irritada.

- No hagas eso, Ariel. Vas a estropear el sillón.

Ariel ni siquiera se había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Paró y se sentó con impaciencia durante unos segundos, cuando Jessica encendió la TV.

- Así que no parece que te guste estar esperándole en el sillón - explicó.

Sonó el timbre. Ariel y Jessica se giraron y se quedaron mirando la una a la otra.

- Es él – susurró Jessica -. Ariel, ve a la puerta.

Ariel prácticamente corrió a la puerta. La abrió y había un hombre. Su padre. Ariel se le quedó mirando. La miró, pasó junto a ella y se dirigió hacia su madre. Por un largo momento, nadie dijo una palabra, pero Jessica rompió el silencio.

- Hola Josh.

- Hola, Jess. ¿Cómo va todo? – respondió Josh, como si viniera del trabajo y sólo hubieran pasado ocho horas desde la última vez que se vieron el uno al otro. “No había cambiado mucho”, pensó Jessica. Aún vestía de la misma manera que de hacía cinco años. Sin embargo su sonrisa parecía diferente. Jessica no podía imaginarse lo que era, pero parecía diferente.

Le hizo un gesto para que se sentara.

- Espero que perdones el desorden – aunque el apartamento estaba limpio como una patena –. No he tenido mucho tiempo para limpiar.

Ariel se sentía confundida.

- Sí que lo has tenido. Has estado levantada toda la noche limpiando. Dijiste que tenía que estar limpio para papi.

Josh se rió y Jessica sonrió débilmente.

- Ariel es una niña pequeña y sincera. La semana pasada la pregunté qué edad aparentaba y me dijo que setenta y cuatro años.

Josh sonrió a su hija.

- Ariel, tu mami no parece mayor que cuando empezamos a salir.

Jessica se preguntó brevemente si era un cumplido o no, pero entonces, él la sonrió y decidió que sí.

-Vaya, gracias – respondió.

Hubo un incómodo silencio y Josh suspiró.

- Bueno, supongo que te preguntarás porqué estoy aquí.

- Sí, realmente es lo que me pregunto.

- Estoy aquí – Josh se interrumpió incómodo – para decir adiós a mi hija.

Le llevó un momento a Jessica tragar lo que estaba diciendo.

- ¿Adiós? ¿Por qué? ¿Dónde, adónde vas?

Josh no se atrevía a mirarla a los ojos.

- Jessica, voy a casarme el fin de semana que viene.

- ¿QUÉ?

- Ya lo has oído. Voy a casarme con una mujer encantadora llamada Britney. Vamos a casarnos en California. Ya hemos hecho planes para comprarnos una casa allí.

Los ojos de Jessica brillaban peligrosamente.

- ¿Es ella, Josh? ¿Con quién me engañabas cuando vivíamos juntos? Dímelo, tengo que saberlo.

Josh se aclaró la garganta, incómodo.

- Conocí a Britney cuando vivíamos juntos, sí, pero no empecé a salir con ella hasta después de que me fuera.

- Oh, y Bill Clinton no vio dos veces a su sexy y joven becaria, ¿no?

Josh empezó a perder el temperamento.

- Mira Jessica, ¡sabes que lo nuestro acabó hace años! Si esperabas que viniese aquí hoy a arrastrarme, entonces ¡vives en una fantasía! ¡No soy la misma persona de hace cinco años! Tú y Ariel sois parte de una vida totalmente diferente. Una que preferiría olvidar.

- ¿Crees que tratando de olvidarnos hará que no existamos? Puedes irte, Josh, y nunca nos hables o trates de vernos ni a mí ni a Ariel otra vez. Pero nunca nos olvidarás. Para el resto de tu vida, te llevarás parte de nosotras adonde quiera que vayas. Tu hija crecerá sin conocerte, pero tú lo sabrás. Cuando te acuestes cada noche, oirás el sonido de su llanto como cuando te fuiste. Pero Ariel y yo somos fuertes. Podemos valernos sin ti. Así que, fuera. Vete de mi apartamento y cierra esta parte de tu vida. Espero que disfrutes de California y Britney. Debería avisarla de dónde se mete.

Josh se la quedó mirando durante un largo minuto. Entonces dijo simplemente.

- Adiós, Ariel. Te quiero.

Era una mentira y todos lo sabían. Joshua Powell no quería a su hija. Un padre que decide huir a la otra parte del país con su nueva esposa y no ver nunca más a su hija, no la quiere.

- ¿La quieres? – dijo Jessica incrédula – ¿Me estás tomando el pelo? El amor no es algo que tú digas. El amor es algo que haces por otra persona. Levantarse por las mañanas a las seis a hacer el desayuno, dejar el trabajo cuando se pone enferma, pasar el sábado llevándola a las casas de sus amigos, y gastar hasta el último céntimo de la cuenta en un abrigo nuevo para el invierno, incluso aunque tus calcetines tengan agujeros. No huyes antes de que tenga dos años, y apareces años después, y esperas ser capaz de decirle lo mismo que yo le he dicho una y otra vez que mientras no estabas.

Josh se había quedado con la boca abierta y la cerró otra vez, no sabiendo qué decir.

- Me gustaría saber dónde has aprendido tanto sobre el amor – dijo finalmente –. Porque tan cierto como que existe el infierno, tú nunca me lo mostraste – salió rápidamente dando un portazo detrás de él.

Jessica se sentó en la mesa y se tapó la cara con las manos. Ariel fue a su la do y empezó a acariciarle el pelo, como su madre cuando estaba triste. Después de unos minutos de silencio, Jessica se destapó la cara y se secó las lágrimas.

- Bueno – dijo forzando una sonrisa – ¿Te gustaría un poco de tarta?

Ariel movió la cabeza.

- ¿Mami? ¿Por qué papá no me quiere?

A Jessica le llevó un rato antes de contestar.

- Porque vive para el momento. Le encanta salir y pasárselo bien, y nada que pueda ser un obstáculo le importa. Él creía que me quería, hasta que se dio cuenta que quererme significaba que se tenía que quedar conmigo en casa y ayudarme contigo, hasta que yo pudiera acabar el bachillerato. No parecía resultarle muy divertido.

- ¿Yo era divertida?

Jessica vaciló.

- Bueno, depende de lo que entiendas por divertido. Estar en pie toda la noche con un bebé llorón no es muy divertido. Podría haber salido con mis amigos en su lugar y me lo habría pasado mucho mejor, pero por las mañanas ¿qué podría ofrecer? Dabas mucho trabajo, pero vi tus primeros pasos, y oí tus primeras palabras, y te sacaba a jugar, y todo eso tenía más valor que una noche de diversión. Pero tu padre nunca pudo verlo.

- Oh – Ariel estaba contenta con la respuesta, pero unos minutos después, se volvió hacia a su madre otra vez – ¿Mami? Creo que me he hecho pis en el pull-up.

- Está bien – Jessica se levantó de la mesa y llevó a su hija al baño –. Al menos nos tenemos la una a la otra – comentó mientras le ayudaba a quitarse el empapado pull-up.

- Te quiero, mami.

- Yo también te quiero, Ariel – Jessica la cogió y le dio a su hija un fuerte abrazo –. Y ahora ¿qué hay de esa tarta de chocolate?

Capítulo 8

Como siempre, Jessica rompió a sudar cuando entró en la cocina del restaurante donde trabajaba.

- ¡Matt! – gritó a través de la cocina en donde estaban los aperitivos – ¡La señora de la mesa cinco está a punto de irse si no le haces el chili! Hace más de media hora que lo ha pedido.

Matt la miró horrorizado.

- ¿Qué chili? La mesa cinco nunca pidió chili.

- ¿Qué? – Jessica se lo quedó mirando horrorizada – ¡Matt, te dije específicamente lo del chili! Recuerda, la que quería menos judías, más caldo. . .

- Y con las cebollas – acabó Matt –. Tienes razón, lo olvidé totalmente. Corre a la señora y dile cuanto lo siento y que tiene la comida gratis.

Pero cuando Jessica volvió a cruzar la doble puerta y se dirigió rauda a la mesa de la señora, su corazón se hundió. Se había ido. Jessica empezó a recoger la mesa. No había propina, por supuesto. En la cocina se hacían un lío con los pedidos. Nunca era culpa suya, pero era la única que sufría el lento servicio. Jessica sintió cómo empezaba a dolerle la cabeza. Dios, necesitaba otro trabajo.

Alzó la mirada, e inmediatamente deseó no haberlo hecho. Entrando por la puerta del restaurante estaban tres chicas que conocía del instituto: Christi Jacobson, Jenny Sanders y April Donovan. Habían sido dos años del equipo de animadoras, del equipo de hockey sobre hierba los otros dos, y siempre sacaban sobresaliente. Eran famosas por hacer que el resto de la gente se sintiera mal. Jessica podía decir sólo con ver sus recién comprados vaqueros que les iba tan bien en la vida como les había ido en el instituto.

Desde que la señora se había ido, tenía una mesa libre, y eso significaba que tenía que servir a Christi, Jenny y April. Se dirigió hacia ellas.

- Hola. ¿Fumadores o no fumadores? – preguntó, intentando resultar educada y sin que se le notaran muestras de haberlas reconocido. Quizás no se acordaran.

- No fumadores, por supuesto – respondió Jenny. Jessica les llevó a la mesa de la señora y les dio los menús. April se la quedó mirando.

- ¿Jessica? – dijo – ¿Jessica Crawford? ¿Del instituto Kellam, curso del 94?

- Sí – dijo Jessica, pretendiendo parecer confundida – ¿La conozco? Lo siento, su cara me resulta familiar, pero no parece que recuerde su nombre – no les daría la satisfacción de saber que la habían impactado tanto que recordaba sus nombres y apellidos.

- ¿No nos recuerdas? – gritó Christi, pareciendo herida. Procedió a presentar a todas.

Jenny la miraba divertida.

- ¿No eras tú la novia de Joshua Powell?

- Sí. Salíamos en el instituto – Jessica movió los ojos, como si Josh no fuese más que un novio del instituto a quién no había visto en años.

April sofocó un grito.

- Ooh, ¿no eres tú esa chica que se quedó embarazada en segundo curso. ¡Eras tú! ¿Cómo se llama la pequeña? Era algo raro, lo recuerdo. ¿Aries? ¿Arika? ¿Algo así?

Jessica deseó derramar el agua de la jarra sobre la cabeza de April, algo que le quitara esa estúpida sonrisa de la cara.

- Se llama Ariel. La llamé así en honor a mi madre.

- ¿Y dónde está Josh ahora? – preguntó Christi.

Jessica se forzó a sí misma a sonreír.

- No funcionó.

Christi fingió compasión.

- Oh, Jessica, ¡cuanto lo siento! Sí que espero que al menos te envíe dinero para la manutención de la niña. Debe ser tremendamente duro sacar adelante a Ariel con tu trabajo. Ganas el salario mínimo ¿no? Espero que te den buenas propinas.

Jessica contuvo el aliento. Christi había ido demasiado lejos.

- Perdón. No veo que sea asunto vuestro lo que me pasa Josh de manutención o cuánto gano.

- Pero Jessica – protestó Jenny –, lo que dice Chisti es cierto. Sí es asunto nuestro. Porque si no recibes manutención de Josh, entonces desde luego esperaría que intentaras conseguir algún tipo de ayuda, como el subsidio o algo así. Después de todo, ninguna de nosotras quiere que la pequeña Ariel pase hambre por las noches.

- ¡LAS ODIO! – gritó Jessica quince minutos después, en el descanso. Tenía una enorme necesidad de estrellar algo contra la pared, pero no había nada en el pequeño cuarto de baño para los empleados – Las odio. Dicen que no gano dinero, que soy muy orgullosa, ¡y me acusan de dejar que Ariel pase hambre!

- Hey, cálmate – la tranquilizó Christine –. Son un puñado de ricas esnobs. No debes de tomarte si quiera la molestia de escucharlas. Todo lo que me decían en el instituto me entraba por un sitio y me salía por otro.

Jessica lloraba.

- Pero Christine, ¡tienen razón! Mi vida es un desastre. No gano dinero. Tengo veintidós años, ¡por el amor de Dios! ¡La mayoría de la gente de mi edad se está graduando en la universidad! Tienen un futuro. ¿Qué futuro tengo yo? ¡Voy a estar sirviendo mesas hasta que me muera! ¿Y cómo puede Ariel tener un futuro? ¿Cómo puedo mandarla a la universidad cuando apenas gano dinero para alimentarla y vestirla? ¡Dios, soy una madre horrible! Mi hija está siendo forzada a la misma trampa en la que yo estoy.

Christine se quedó sorprendida.

- Jessica, ¿cómo puedes decir que eres una mala madre? Tú eres una gran madre. Sólo porque no ganes mucho dinero, no significa que no seas una buena madre. Tú estás ahí para Ariel, y eso es lo que realmente importa. Y no tienes que estar sirviendo mesas para el resto de tu vida. Tienes un diploma de bachillerato. Puedes hacer muchas cosas mejor pagadas que servir mesas. Podrías conseguir un trabajo de secretaria.

Jessica puso los ojos en blanco.

- Responder el teléfono y coger mensajes . . . vaya, suena casi tan divertido como esto.

- Oh, podrías ser bailarina de topless –sugirió Christine en broma. Viendo la media sonrisa de Jessica, continuó –. O podrías intentar el método South Park, le das a Ariel una moneda de veinticinco centavos y la dices “Ésta es mi última moneda. Quiero que te la lleves a Las vegas y que ganes miles de dólares. Y no vuelvas sin las ganancias”.

Jessica movió la cabeza.

-No puedo seguir así, Christine. Necesito hacer algo para cambiar mi vida. Si tuviera que responder llamadas de teléfono todo el día, lo haría – se dejó caer al suelo y hundió la cabeza en las manos –. No puedo, no puedo seguir así.

- Ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés, ciento veinticuatro . . . ops – Ariel dejó de contar al tropezar con la cuerda. Se cruzó de brazos y miró a Diana –. Gané. He saltado ciento veinticuatro veces sin parar.

- ¡De ninguna manera! ¡Te he visto! ¡Has hecho trampa cuando sólo llevabas cincuenta y seis!

- ¡No!

- ¡Sí! – A Ariel le interrumpió el sonido del silbato, indicando que la hora de entrar a clase tras el recreo.

- Tenemos clase de dibujo y de deletrear ¡la odio! El señor Keever nos hace copiar una y otra vez esas estúpidas palabras casi hasta que se me cae la mano. Y tenemos matemáticas también. ¡Las odio incluso más que deletrear! ¿Cuándo voy a tener que restar después de salir del colegio?

- Lo sé – Diana hizo un gesto mientras se dirigía al edificio –. Ey ¿te conté lo de mi fiesta de cumpleaños?

Ariel movió la cabeza.

- ¿Cuándo es tu fiesta de cumpleaños?

- Es el próximo sábado. Es una fiesta nocturna (*). Tengo las invitaciones en la mochila. ¡He invitado a todas las niñas de mi clase! ¿Crees que tu madre te dejará ir?

- Debería – respondió Ariel –. ¡Suena tan divertido! ¡Nunca he estado en una fiesta nocturna antes!

- Yo tampoco. Debe ser muy divertido. ¡Mi madre nos dejará pedir pizza y mi hermana mayor decía que nos contaría una historia de fantasmas antes de acostarnos!

Ariel volvió a clase, y estaba tan excitada por la fiesta, que hasta se olvidó de algo. ¡Se hacía pis en la cama! Tendría que llevar un pull-up a la fiesta de Diana. Si las otras niñas la veían, se reirían de ella sin fin. Todos parecían haber olvidado lo del día que se hizo pis en el colegio, pero si se hacía pis en casa de alguien, probablemente lo mejor que podría hacer es abandonar el colegio.

Ariel le enseñó la invitación a su madre esa noche.

- Bueno, suena muy divertido. Me alegro que hagas amigas en la guardería.

- Sí – dijo Ariel con entusiasmo – ¡La hermana mayor de Diana nos va a contar una historia de fantasmas! Tiene doce años y está en séptimo curso. Me apuesto a que cualquiera de séptimo sabe un montón de buenas historias de fantasmas.

Jessica alzó las cejas.

- ¿Una historia de fantasmas? ¿Seguro que no vas a asustarte?

Ariel negó con la cabeza.

- ¡Yo no! Nunca me asusto. Sólo los bebés se asustan de esas cosas.

- Bueno, la fiesta parece divertida. Seguro que te lo pasarás muy bien.

- Si. Excepto . . . – Ariel se quedó mirando el suelo.

- ¿Excepto qué? – preguntó Jessica dulcemente.

- Si me pongo un pull-up para dormir, las otras niñas se reirán de mí. Pero si no me pongo ninguno y me hago pis, ¡entonces se reirán incluso más!

- Oh, cielo, llevar puesto el pull-up no es una buena idea. Pero si tú eres consciente de ello, nadie tiene porqué saberlo. Puedes ponértelo antes de ir a la fiesta de Diana del Sábado. Te meto una bolsa de plástico en la mochila para que dejes ahí el pull-up al día siguiente y lo tires cuando llegues a casa.

El día de la fiesta llegó. Ariel ayudó a su madre a preparar la mochila. Hubo algunos aspectos polémicos, como cuando Jessica puso el cepillo de dientes en la mochila.

- ¡Mamá! – gruñó Ariel - ¡Nadie se lava los dientes en una fiesta nocturna! Seguro que soy la única que lleva el cepillo de dientes.

- Seguro que no – respondió Jessica –. Confía en mí, después de que comas pizza y tarta y Dios sabe qué más, te morirás por querer lavarte los dientes.

También tuvieron una discusión por el pijama que Jessica puso en la mochila. Metió uno que tenía dibujos de osos de peluche pequeñitos. Ariel se quejó que iba a ser la única que llevaría un pijama de osos de peluche, y quería llevar uno azul claro. Jessica insistía en que por la noche haría frío y el pijama de osos de peluche era más recio que el azul. Ariel se estuvo quejando durante un rato, pero finalmente lo metió.

Al fin Ariel estuvo lista para salir. Cogió la mochila, el regalo de Diana y el saco de dormir, y prácticamente salió corriendo hacia el coche. Jessica la siguió sintiéndose un poco triste. Ariel estaba creciendo. Parecía que había sido ayer cuando estaban celebrando su primer cumpleaños, y ahora iba a pasar la noche en otra casa. Era todo lo que tenía Jessica y era insoportablemente triste pensar que en doce años, se iría.

Diez minutos después Ariel se abrazaba despidiéndose de su madre y la veía irse. Intentó ocultar las lágrimas y luchó contra el impulso de salir corriendo tras su madre y pedirla que no la dejara allí. Entonces llegó la pizza y el impulso pasó.

Ariel estuvo muy ocupada las siguientes cuatro horas para pensar en su morriña. Comieron la pizza y la tarta y vieron a Diana abrir los regalos. Más tarde vieron una película, Homeward Bound(**). Era la primera vez que Ariel la veía, pero muchas de las otras niñas ya la habían visto. Todas estuvieron de acuerdo en que estuvo bien. Era hora de cambiarse. Escucharían a la hermana de Diana, Brienna, contar la historia de fantasmas, y luego sería hora de acostarse.

Ariel no se dio cuenta, hasta que estuvo sola en el cuarto de baño, que se había olvidado ponerse el pull-up antes de salir de casa. Sin problemas. Su madre probablemente lo habría metido, en cualquier caso. Rebuscó en la mochila y no podía encontrarlo. El pánico creció al vaciar las cosas de la mochila en el suelo. Nada. No había pull-up. Se puso el pijama rápidamente y metió todo en la mochila.

- ¿Qué iba a hacer? Sin un pull-up seguramente se empaparía tanto ella misma como al saco de dormir. A no ser, por supuesto que no se durmiese. Tal vez ahora funcionaría. ¿Cómo sería de duro estar toda la noche sin dormir? Le había preguntado a su madre si lo había intentado alguna vez antes, pero le dijo que no.

Todas se reunieron en un círculo para oír la historia de fantasmas y apagaron las luces. Brienna empezó.

- Esta historia ha sido ligeramente modificada debido a la edad de las oyentes – Ariel sintió una pequeña ola de decepción. ¿Por qué todo el mundo sentía que seis años era una edad demasiado pequeña para oír o ver cosas reales? Era como ir a ver películas toleradas. En toda su vida se había muerto por ver películas no toleradas, pero su madre decía que era demasiado pequeña. A veces parecía que era demasiado pequeña para todo.

Brienna continuó.

- Hace mucho tiempo, en esta misma casa, vivía una pareja que se llamaban Pierre y Gabrielle Dupont Eran franceses, obviamente. Se querían mucho el uno al otro. Tenían una niña llamada Chantal, y también la querían.

“Pero Chantal era un niña extraña desde el principio. Tenía el hábito de quedarse mirando a sus padres. Tenía unos ojos negros que parecían atravesarle a uno. Las únicas veces que casi sonreía era si veía que herían a alguien. Su primera palabra no fue mamá o papá como la mayoría de los bebés. Fue sangre.

“Para cuando tenía seis años se había aislado completamente del resto del mundo. Pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación leyendo novelas de terror. Sus padres no tenían ningún control sobre ella. Podía irse a cualquier sitio o no hacer nada, si quería. El médico les dijo que estaba loca y debía ser internada, pero los Dupont se negaron a escucharle. Insistían en que su hija no estaba loca. Sólo era diferente. Pero sí que decidieron ejercer una mayor autoridad sobre la vida de su hija.

“Una tarde la señora Dupont se dirigió a la habitación de su hija y la encontró viendo una película de terror de gore extremo en pago por visión. Lo que era peor, Chantal se reía histéricamente cada vez que mataban a alguien. Horrorizada, la señora Dupont le dijo a su hija que lo apagara. Cuando Chantal se negó, la señora Dupont la amenazó con llevarse la TV si no la apagaba. Chantal se puso furiosa. Sacó un cuchillo y lo clavó en la garganta de su madre. Entonces lentamente pasó sobre el cuerpo de su madre y salió de la casa. Nadie volvió a verla jamás.

“Cuando el señor Dupont volvió a casa del trabajo, encontró a su mujer muerta en la habitación de Chantal. Chantal se había ido. El señor Dupont estaba terriblemente apesadumbrado. Asumió que quién había matado a su mujer, había secuestrado a Chantal también. Contrató a un detective privado para encontrar a Chantal.

“Más tarde, la policía identificó las huellas dactilares de Chantal en el cuchillo que había matado a su madre. Concluyeron que Chantal debía haber matado a su madre y luego huyó. El señor Dupont siguió la búsqueda de su hija, pero no para estar seguro de que estuviese bien. Esperaba encontrar el cuerpo de su hija de la misma manera que había encontrado el de su mujer, así Chantal sabría por lo que había pasado su madre. Si Chantal seguía viva, intentaría matarla él mismo.

“El detective buscó durante más de un año, pero no encontró rastro de Chantal. Es como si hubiera desaparecido en el aire. Finalmente admitió su derrota. Esa había sido la única ambición del señor Dupont para seguir viviendo: tenía que vivir para así poder matar a su hija. Ahora que sabía que no volvería a ver el cuerpo de Chantal acuchillado, ya no tenía ninguna razón para vivir. Así que se cortó las venas.

“Pero el señor Dupont no puede descansar en paz hasta saber que Chantal haya muerto. Está convencido que Chantal está escondida en alguna parte de esta casa. Así que el fantasma del señor Dupont anda alrededor de la casa toda la noche, buscando a su hija. Busca a una niña de seis años que encaje con la descripción física de su hija, para así cortarle la garganta.

- ¡Podrías ser TÚ!

Ariel sintió unas frías manos que la agarraban por el cuello y empezó a gritar asesino sangriento. Si no hubiera ido al baño antes de oír la historia, se habría hecho pis ahí mismo en ese momento. Tal como fue, gritó lo suficientemente alto para provocar que todas las demás empezaran a gritar también.

De repente, alguien encendió la luz y Ariel vio de quién eran las manos que la cogían del cuello, de Brienna. Sujetaba un cubo de hielo en ambas manos. Gradualmente los gritos se fueron transformando en risas. Ariel se quedó ahí sentada, demasiado impresionada para moverse.

Brienna no podía dejar de reír.

- Tú seguro que sí gritabas, querida. ¿Te han hecho esto antes alguna vez?

Ariel sintió la mano de Diana en el brazo.

- Vamos, Ariel – dijo –. Ya es hora de que subamos y nos metamos en los sacos de dormir.

El corazón de Ariel aún latía desbocado cuando se metió en el saco de dormir. Pero entonces recordó que tenía más de lo que preocuparse. Tenía que permanecer despierta toda la noche, para así no hacerse pis.

Oyó un crujido encima de ella. ¿Qué era eso? ¿Era el señor Dupont buscando venganza de su hija Chantal? “No seas tonta, Ariel” se dijo a sí misma. Sólo era un cuento. Pero todavía estaba aterrada. Nunca había pasado una noche lejos de su madre. Nada de esto la daba miedo en casa. Para algo tenía la lamparita en su habitación y así no estar en la más completa oscuridad como ahora. Si tenía miedo en mitad de la noche, su madre estaría allí para consolarla. Por supuesto, si no estuviera en casa, no tendría que preocuparse de estar despierta toda la noche.

La noche le pareció eterna a Ariel. La adrenalina la mantuvo despierta, pero al día siguiente ella estaría exhausta. Cada vez que sentía la más mínima urgencia de ir al baño, se levantaba y lo hacía. No quería arriesgarse.

Finalmente el primer rayo de luz llegó, y Ariel respiró al saber que lo había conseguido toda la noche. No sería su última fiesta nocturna, pero la próxima vez se acordaría de coger un pull-up y así disfrutar más. Fue un error que probablemente no repetiría.

(*) En el original aparece el término sleepover, que consiste en una fiesta nocturna en la que los invitados se quedan luego a dormir en la casa del anfitrión. (**) Película de Disney de acción real, que creo que fue no estrenada en España.

Capítulo 9

Ariel estaba sentada en la mesa de la cocina haciendo los deberes. Su madre estaba a su lado con varias facturas. Ariel era capaz de hacer sola los deberes. Ocasionalmente, necesitaba ayuda con alguna resta especialmente difícil o en leer algo particularmente largo. Así que Jessica se sentaba junto a Ariel para hacer los deberes, lista para ayudarla.

Sonó el teléfono. Jessica fue al salón a responder la llamada para así no molestar a Ariel. Quince minutos después, Ariel acabó los deberes y miró hacia la cerrada puerta de la habitación de su madre. La llamada, ciertamente, estaba llevando un rato. Podía oír a su madre riéndose detrás de la puerta. Obviamente no eran malas noticias.

Jessica finalmente colgó el teléfono y volvió a la cocina

- Bueno, tengo algunas buenas noticias. Era mi prima Jenny. Realmente supongo que es tu prima también. No la has conocido y yo no la veo desde que tenía ocho años de edad. Ella tenía catorce años entonces. Llamaba para invitarnos a ti y a mí a visitarle a ella y a la familia de mi madre en Georgia para mi cumpleaños el diecinueve de Febrero. Hemos decidido que tú y yo vayamos a visitarles del doce al dieciséis de febrero, o sea de viernes a martes. No tienes colegio el lunes porque es el día del Presidente, así que sólo perdería dos días de colegio, y puedes llevarte los deberes y hacerlos en el coche. Debería ser muy divertido.

Ariel no se sentía tan entusiasmada.

- ¿Que parientes tienes en Georgia? – preguntó.

- Bueno, está la tía Elizabeth, la hermana mayor de mi madre y tía abuela tuya. Tiene dos hijas, mis primas Stephanie y Jennifer. Stephanie es diez años mayor que yo y Jenny seis años mayor que yo. Stephnie está casada con un hombre llamado Greg y Jenny está divorciada. Stephanie tiene una hija de once años, Danielle. Jenny tiene dos niños, Caitlin y Dakota.

- ¿Dakota? ¿Es niño o niña? – preguntó Ariel.

- Como sabes, pregunté lo mismo. Es niño. Le llaman Cody para abreviar, creo. Tiene tres años. Tu prima Caitlin tiene casi ocho años. Estaremos en la casa de Jenny, así que tú y Caitlin podréis jugar juntas.

Ariel estaba confundida.

- Mami, si tienes una tía, ¿cómo es que no te fuiste a vivir con ella cuando tus padres murieron en vez de irte a vivir con padres de acogida?

Jessica había hecho la misma pregunta cuando los visitó de niña en busca de una respuesta, la tía Elizabeth le había soltado “los niños no cuestionan las decisiones de los adultos. Hice lo que creí que era mejor para ti.” Jessica sabía que su propia madre había causado un alboroto en la familia años atrás cuando abandonó Georgia para irse a la universidad en Virginia, en donde conoció a un hombre, dejó la universidad y establecerse en Virginia. Jessica sólo podía suponer que esa era la razón por la cual no le gustaba a la tía Elizabeth y no quería mantenerla. Todo lo que Jessica sabía era que cada año, por su cumpleaños y Navidad, la tía Elizabeth le enviaba un cheque. También le había visitado un verano cuando estaba cambiando de familia de acogida. Entonces se quedó embarazada, justo antes de su decimosexto cumpleaños, casi exactamente hacía siete años, la asistente social llamó a su tía y se lo contó, y Jessica no volvió a oír a hablar de ella. Jessica podía imaginarse lo que dirían de ella en Georgia, “bueno, su madre deshonró a la familia hace treinta años, así que ¿es una sorpresa que Jessica haga lo mismo? Probablemente está en los genes.

- ¿Mami? – Jessica se sobresaltó con la vocecita que interrumpió sus pensamientos.

- ¿Eh? Si, ¿qué pasa cielo?

- ¿Cuántos años vas a cumplir?

- Veintitrés.

- ¿Cuántos años me sacas? – Ariel parecía hacerla cada vez más preguntas cada día. A veces le parecía a Jessica que cuanto más le contaba, más quería saber.

- Como dieciséis años y tres cuartos.

- Es un montón.

- Que va. Ariel, no te quedes embarazada a los dieciséis años – Ariel había oído esa retahíla muchas, muchas veces y no entendía realmente porqué se suponía que tenía que quedarse embarazada a los dieciséis años, pero siempre decía que sí, en cualquier caso. Dieciséis años le parecían mucho. Se puede conducir con dieciséis años, y en lo que a Ariel concernía, si se podía conducir, se era un adulto.

Jessica se quedó mirando el reloj.

- ¡Nooo! Son casi las diez de la noche. Se ha pasado tu hora de acostarse. Vamos, que te ayudo a ponerte el pijama.

Se dirigieron al cuarto de baño. Ariel habitualmente se bañaba por la mañana, y así no oler a pis en el colegio. El pull-up estaba casi empapado por las mañanas. Jessica le ponía el pull-up. Ariel no había olvidado el modo en que le puso el pull-up aquella noche en que se había despertado llorando. Su madre la había tumbado en la cama mientras el pull-up le subía por las piernas. A Ariel le había encantado esa sensación, pero porqué no lo sabía, y estaba demasiado avergonzada sobre eso para pedirle a su madre que lo hiciera todas las noches.

Ariel aún llevaba puesto el pull-up desde la guardería ese día, y Jessica se lo quitó.

- Oh, vaya. Parece que te has hecho pis en el pull-up – suspiró –. ¿Cuándo te ha pasado?

- Hace unos minutos, mientras hablabas por teléfono.

Jessica estaba confundida.

- Pero estabas junto al cuarto de baño. ¿Por qué no fuiste?

- No me di cuenta que tenía que ir hasta que fue demasiado tarde – eso no era verdad, realmente se había dado cuenta de que tenía que ir, pero no lo hizo porque de algún modo le gustaba la sensación de hacerse pis en el pull-up. No sentía la humedad tras unos minutos, pero permanecía caliente hasta que se lo quitaba. No quería decírselo a su madre porque ¿quién había oído alguna vez de una niña de seis años que le gustase hacerse pis en el pull-up?

- Bueno, Ariel, tienes que poner atención. Te está pasando esto mucho últimamente. Comprar pull-ups se está poniendo caro. Creo que deberías probar a ir sin ellos al colegio y ponértelos sólo por la noche.

- ¡Pero mami! – Ariel tragó saliva – Si no llevo pull-ups en el colegio, me haré pis en las bragas.

- No creo que lo hagas, siempre y cuando pongas atención. Sólo tienes que levantar la mano y decirle al profesor cuándo tienes que ir. Nunca has tenido accidentes en el colegio, excepto una vez. Si sigues con los pull-up de día, seguramente perderás el control de la vejiga, y entonces lo tendrás que llevar el resto de tu vida. Tú no quieres eso ¿verdad?

- Supongo que no – Ariel pensaba que podría estar divertido poder, sólo poder, hacérselo encima cuando quisiera sin que nadie se diera cuenta, pero por supuesto era demasiado mayor para eso. Tenía seis años y las niñas de seis años van al baño.

- Me imagino que podrás llevarlos de camino a Georgia, sin embargo. No siempre encontraremos un baño a tiempo, y no estaría bien que te hicieses pis en el coche. Cielo, tal vez sea mejor que no le digas a nadie, excepto quizás a Jenny, que te haces pis en la cama y llevas pull-ups por eso. Algunos podrían pensar que soy una mala madre.

- ¿Por qué pensarían eso? No es culpa tuya – dijo Ariel en voz baja.

- Lo sé. Y tampoco es culpa tuya. Son cosas que pasan. Pero algunas personas de la familia creen que soy una mala madre sólo porque era demasiado joven cuando te tuve, y miran cualquier cosa para justificarlo.

Los siguientes ocho días no fueron buenos para Ariel y Jessica. Ariel no se hizo pis en el colegio ni una sola vez en el colegio, pero se lo hizo en casa al menos una vez cada día. Jessica se sentía frustrada. Era obvio por la reacción de Ariel que no eran intencionados. Cada vez que se hacía pis, le afectaba mucho y empezaba a llorar. Jessica tenía que consolarla. Pero le parecía tan extraño que no se lo hiciese en el colegio, especialmente considerando que era más fácil para ella llegar al baño en casa que en el colegio. Jessica estaba empezando a considerar ponerle pull-ups durante todo el viaje a Georgia.

La alarma sonó y Jessica se giró sobre la cama y se quedó mirando el reloj.

- Las cuatro de la madrugada – gruñó –. ¡Dios, ni siquiera sabía que las cuatro en punto llegaran dos veces en el mismo día! – Fue a apagar la alarma y se quedó mirando tristemente el botón de Snooze durante unos segundos, pero sabía que tenían que irse. Era el día del viaje a Georgia y esperaba estar allí por la noche.

Jessica entró en la habitación de Ariel y encendió la luz. Ariel gruñó e instintivamente se tapó la cara con la almohada.

- Vamos, cielo. ¡A levantarse!

- Nooooooo – se quejó Ariel –. Por favor, mami. Es demasiado temprano. Quiero dormir.

- Puedes volver a dormirte en el coche. No tendrás mucho más que hacer. Tenemos un día muy largo por delante. Vamos, dormilona – Jessica empezó a hacerle cosquillas y Ariel empezó a retorcerse y reírse a pesar de todo.

- ¿Necesitas que te cambie el pull-up?

Ariel se repente sintió una gran timidez, asintió. Jessica se agitó el pelo y dijo.

- De acuerdo, cielo. Te cambiaré y te ayudo a vestirte.

Jessica vistió a Ariel con un peto color rosa y Ariel se quejó.

- ¿Por qué me pones siempre estas cosas cuando vemos a algún familiar? Estos petos son tan infantiles.

- Quieres causar una buena impresión a la tía Elizabeth, ¿no? – preguntó Jessica mientras le hacía a Ariel dos coletas y las sujetaba al final con una cinta rosa -. Para ella las niñas tienen que vestir de rosa y con cosas como esas. Tienes suerte de que no te haga ponerte un vestido. Recuerdo cuando la visité con ocho años, me gritó porque los pantalones no eran de señorita.

- Oh, pero tú ahora llevas unos vaqueros y una camiseta que dice “si tenían un lío, déjalos”.

Jessica ni siquiera había prestado atención a la ropa que llevaba. A las cuatro de la madrugada, apenas podía mantener los ojos abiertos, no digamos elegir la ropa que ponerse.

- Bueno, soy yo quien va a conducir, y quiero llevar puesto algo que sea cómodo. Cuando estemos cerca de llegar, me pondré algo más apropiado.

Salieron poco después, Jessica se armó con un café con leche con aproximadamente veinte cucharadas de azúcar disuelto. Odiaba el café. Le parecía que no importaba cuánta leche o azúcar añadiese, siempre sabía amargo. De niña pensaba que cuando fuera adulta implicaba que tendría que beber café solo. Pero beber café solo le parecía a Jessica que era como beber agua contaminada del río, y si tenía que beber para ser adulta, entonces, iría a la tumba siendo niña.

Llovía. Un tipo de lluvia realmente fría que le parecía como si miles de agujas le pincharan la piel. Si hubiera habido un par de grados menos, habría habido aguanieve. Jessica rezó para dejarlo atrás pronto. Ariel se quedó dormida a los cinco minutos de empezar el viaje, y Jessica empezó a juguetear con el dial de la radio, intentando encontrar una buena emisora. No había nada, claro. ¿Qué podía esperarse a las cuatro de la madrugada? Finalmente puso el dial en el 96X, que emitía música alternativa, pop y rithm and blues. Virginia Beach no tenía precisamente grandes emisoras de radio.

Ariel se despertó tres horas después.

- ¿Ya hemos llegado? – fue lo primero que dijo al despertarse.

- No – respondió Jessica –. Estamos en Carolina del Norte. No llegaremos hasta aproximadamente dentro de diez horas. ¿Te has hecho pis?

Se lo había hecho, así que Jessica paró en la primera salida y aparcó junto a un McDonald´s para cambiar a Ariel. Jessica la llevó al cuarto de baño. Ariel se sorprendió mucho cuando su madre la cogió y la puso en el cambiador para bebés del cuarto de baño, ¡como si fuera un bebé!

- ¡Mami! – protestó Ariel - ¡Esto es un cambiador para bebés! ¡Todo el mundo verá que me cambias como si fuera un bebé!

- Oh, Ariel, no seas tonta. No hay nadie aquí. Y si alguien entrara, estamos a más de trescientos kilómetros de casa, así que de cualquier modo, dudo que veamos a alguien que conozcas. Además me resulta más fácil limpiarte cuando estás tumbada.

Ariel aún estaba preocupada, pero cuando su madre empezó a limpiarla con toallitas que había comprado para limpiarla durante el viaje, se empezó a relajar. El tacto de la fresca y suave toallita en el culito la hacía sentirse tan bien, era casi como cambiar el pañal a un bebé, excepto en que era un pull-up. Por un momento, Ariel deseó poder llevar gordos y acolchados pañales en lugar de los relativamente delgados pull-ups, pero apartó el pensamiento casi tan rápidamente como vino. Era muy raro, pensó, ¿qué niña de seis años quería llevar pañales? Los pañales eran para bebés, y ella no era un bebé. Era una niña mayor y a las niñas mayores no les gustan esas cosas, como le decían a veces los adultos cuando se portaba así. Como lo que le decían cuando aprendía a ir al baño, los pañales son para bebés y las niñas mayores llevan bragas.

Cuando Jessica estaba acabando, la puerta se abrió otra vez y entraron un par de chicas que parecía que andaban por los quince años. Se quedaron mirando a Ariel, y aunque no la dijeron nada, Ariel pudo oír que una le susurraba a la otra:

- ¿Has visto a esa niña en el cambiador? Parece que tiene como mínimo cinco años, ¡pero su madre la está poniendo un pull-up! ¡Creo que aún no sabe ir al baño! – Jessica esperó a llegar al coche para decir algo.

- Lo siento, cielo. Si no quieres que te cambie en un cambiador en público, entonces no lo haré.

Ariel consideró esto. No había sido muy divertido que hubiera gente hablando de ella, pero al menos esas chicas no se habían reído de ella. La hizo sentirse como un bebé. Ariel se sintió traviesa pensando en eso, pero era tan divertido y nadie tenía porqué saberlo. Además, todo el mundo le decía que tenía que portarse como una niña mayor, pero ¿qué había de malo en comportarse como un bebé? Los bebés son lindos, todo el mundo decía eso, y no tienen que recoger los juguetes o hacer los deberes, o cualquier otra cosa que las “niñas mayores” tenían que hacer. Si tienen que hacer pis, no tienen que parar para ir al baño, pueden hacerlo donde estén sin tener que parar y correr al baño.

- Creo que no me importa demasiado que me cambies en el cambiador – dijo Ariel –. Su madre se sorprendió, pero sólo dijo un OK.

Unas pocas horas después, en algún lugar de Carolina del Sur, pararon otra vez a echar gasolina e ir al baño. Hasta ahora, Ariel no se había hecho pis en el pull-up y Jessica decidió que si Ariel no se hacía pis durante el resto del viaje, la iba a dejar con las bragas, excepto para dormir. Quizás lo de hacerse pis fuera sólo una fase.

Hicieron cola en una larga fila para pagar la gasolina. En frente de ellas había una señora bastante corpulenta con un pelo teñido de rubio que necesitaba un repaso. Estaba con un niño pequeño que parecía un poco mayor que Ariel. Iba vestido con un pantalón corto, y Jessica se di cuenta del bulto bastante obvio bajo el pantalón, como si llevara un pañal. Ariel no prestaba atención. Jessica sentía curiosidad por lo del pañal, pero no quiso inmiscuirse.

De repente, el niño tiró de la blusa de la señora y dijo:

- Oh, mamá – su madre no le hizo caso y le tiró más fuerte diciendo – ¡mamá! – con gran urgencia. Ella se le quedó mirando –. Me he hecho pis en el pañal – dijo con la voz realmente baja, aunque Jessica llegó a oírlo.

- ¡Maldita sea, Tyler! – chilló la señora, sin hacer ningún esfuerzo en contener la voz. Todos en la tienda se giraron y se la quedaron mirando, pero ella pareció no darse cuenta – ¡¿No acabas de ir al baño, eh?! ¡Debes de ser el único niño de siete años en el mundo que aún lleva pañales a todas horas! ¡Sé que puedes aguantarte, lo que pasa es que no quieres! ¡Haces esto sólo para avergonzarme! ¡Ya no voy a soportarlo más! ¡Se lo voy a decir a tu padre cuando venga, y te va a meter la paliza que te mereces! – Tyler empezó a llorar y eso parecía enfadar aún más a su madre – ¡CÁLLATE! ¡Mira cómo todos nos están mirando! ¡Seguro que no han visto antes a un niño que se porta como un bebé! Cállate ¡o te pongo en la rodilla y te empiezo a pegar aquí mismo! – Tyler hizo un esfuerzo por contener el llanto mientras su madre pagaba la gasolina y salieron arrastrando al niño detrás de ella.

Jessica movió la cabeza, pero se guardó su opinión hasta que llegaron al coche.

- ¡Dios, vaya escena! Algún día esa señora va a lamentar haber tratado así a su hijo – Ariel asintió, pero esperó un rato antes de hablar.

- Mami, ¿por qué ese niño lleva pañales?

Jessica suspiró.

- Oh, podría tener algún tipo de problema físico en el que no puede aguantarse hasta para llegar al baño. Pero probablemente es culpa de su madre. Tal vez si no se enfadara tanto cuando se hace pis en el pañal y le felicitara cuando sí que lo hace el baño, probablemente no llevara pañales desde antes de los siete años.

Ariel asintió, deseando que Tyler fuera a su clase. Le gustaría hablar con él y averiguar porqué llevaba pañales y cómo se sentía cuando se hacía pis en uno.

Pasaron otras seis horas antes de llegar al centro de Georgia, donde estaba la ciudad de Pineview. Ariel se había quedado dormida y Jessica la despertó cuando conducía a través de la pequeña ciudad para que así Ariel pudiera comparar Pineview con Virginia Beach. La primera cosa que dijo Ariel cuando se vio lo que había fue

- ¿No hay árboles por aquí?

Jessica se rió.

- No. No volverás a ver un solo árbol en tres días, Ariel. Acostúmbrate. Mira, ahí está el colegio, mientras dejaban atrás un edificio de ladrillo.

- ¿De primaria? – preguntó Ariel.

- No, creo que tienen toda la enseñanza desde la primaria hasta el bachillerato en el mismo edificio. ¡Dios, esa escuela es más pequeña que la tuya de primaria, y todos los niños de esta ciudad van allí!

Comentaron algunas cosas más, mientras atravesaban la ciudad, como la falta de un centro comercial, la suciedad en las calles (Jessica se dio cuenta que habían pavimentado las carreteras principales, pero no las secundarias), una señal de límite de velocidad de treinta y cinco kilómetros por hora, el cine que sólo proyectaba tres películas a la vez, y ya estaban todas en vídeo, y la gasolinera que tenía la gasolina a setenta y cinco centavos el galón. Después bajaron por la calle donde estaba la casa de Jenny, y Jessica sintió una pizca de nervios que creció cuando vio la alta e imponente figura de la tía Elizabeth esperando enfrente.

Capítulo 10

Jessica salió del coche, sintiendo los ojos de la tía Elizabeth fijos en ella todo el tiempo. Sonrió a su tía y dijo

- Hola tía Elizabeth – dijo tan alegremente como le fue posible. La tía Elizabeth no había cambiado mucho, como pudo comprobar. Aún llevaba unas gruesas gafas, y seguía siendo tan alta y corpulenta como siempre. Su pelo antes negro, tenía trazas grises, pero lo seguía llevando corto y rizado.

- Hola Jessica – respondió la tía Elizabeth secamente. Se quedó mirando la camiseta de Jessica –. Si tenían un lío, déjalos – movió la cabeza, le siguieron los labios en una actitud desaprobadora -. Debería haberlo sabido.

Jessica sentía cómo se le enrojecían las mejillas cuando se dio cuenta de que se le había olvidado cambiarse la camiseta.

- Es sólo mi ropa para viajar – dijo, con la alegría algo más forzada –. Olvidé cambiarme. Lo haré en cuanto entre. Ariel ¿no vas a saludar a tu tía? – preguntó. Ariel estaba escondida detrás de ella. Parecía atemorizada y movió la cabeza –. Cielo, eso no está bien. Ven aquí y saluda a tu tía.

- Hola tía Elizabeth – dijo en voz muy baja. La expresión de la tía Elizabeth cambió enteramente cuando observó a Ariel, y realmente sonrió. Jessica se preguntaba si la cara se le iba a romper del esfuerzo.

- Bueno, ¿no es una monada? – dijo la tía Elizabeth. Jessica pudo ver dos dedos alcanzando la mejilla de Ariel, y rápidamente trató de distraerla.

- ¿Y dónde están las demás?

- Hey, me pareció oír que llegabais – anunció Jenny saliendo por la puerta –. ¡Hola Jess! Oh, tiene que ser Ariel. ¡Hola Ariel! Jess, tiene tus ojos.

- ¿Eso crees? Los míos son de un marrón más oscuro, creo yo. Los suyos son más como los de su padre.

- Bien, ¿entramos, o van a estar Jessica y su hija todo el tiempo fuera? – interrumpió la tía Elizabeth. Jessica y Ariel siguieron a Jenny al grande y resplandeciente salón.

- ¿Dónde están las demás? – preguntó Jessica.

- Stephanie trabajando. Danielle y Caitlin en el colegio. Llegarán a casa como en un cuarto de hora. Cody está dormido, arriba. Danielle habitualmente se va a su casa al salir del colegio, pero hoy vendrá aquí a vernos, con Caitlin. Stephanie se nos unirá cuando vuelva a casa del trabajo. Vamos a tener una gran cena en tu honor.

- Oh, no teníais que hacer eso por nosotras – protestó Jessica. Realmente no estaba lista para tener una cena con la tía Elizabeth y Stephanie.

- No, no tengo porqué, pero chica, yo quiero. Mírate. Mides casi 1´ 80 y me apuesto que no pesas más de 50 Kg. Podría comprar en la misma sección de ropa que para Ariel, si quisieras. Seguro que no has tenido una comida decente en semanas.

Jessica sintió cómo se sonrojaba, Jenny la miró seria.

- No te preocupes, la tía Elizabeth no está haciendo nada de su sémola con queso – bromeó. Jessica recordó vívidamente cuando probó la sémola de la tía Elizabeth cuando tenía ocho años y vomitó casi hasta su primera papilla.

La silenciosa paz se vio interrumpida con el sonido fuerte de un llanto. Jenny suspiró.

- Las siestas de Cody son cada día más cortas. Será mejor que suba a ocuparme de él.

- Oh, no, no te preocupes por eso. Iré yo a ver a Cody – dijo Jessica.

Jenny la miró sorprendida.

- ¿Estás segura? – preguntó – Cody aún lleva pañales. Probablemente necesite que lo cambien.

- Bueno, no hay problema – respondió Jessica –. Sé cambiar pañales. Dios sabe que cogí mucha experiencia con Ariel cuando era un bebé.

Subió corriendo y tuvo que mirar en varias habitaciones hasta encontrar la de Cody. Estaba de pie en una cuna, con un pañal y una camiseta con grandes lágrimas cayendo de sus grandes ojos marrones. Jessica estaba un poco sorprendida de ver a un niño de tres años en una cuna, pero supuso que sería porque aún llevaba pañales.

- Hola Cody – dijo en voz baja – soy tu prima Jessica. Voy a cuidar de ti.

- Quiero a mami – sollozó Cody.

- Tu mami está abajo. Voy a cambiarte el pañal y luego podemos bajar a verla, ¿de acuerdo? – Cody asintió de respuesta, calmando sus sollozos. Jessica lo cogió y lo puso suavemente en el cambiador. Soltó las cintas del pañal. Estaba completamente empapado y sucio. Cody sonrió divertido cuando lo vio.

- Tengo caca – dijo orgullosamente.

- Sí, ciertamente tienes – respondió Jessica, mientras le limpiaba su pequeño y maloliente culito con toallitas. Tenía su gracia, cuando Ariel había sido un bebé, había odiado cambiarle pañales sucios, pero ahora no le parecía tan malo. De hecho, le parecía realmente divertido. Jessica empezó a desear seguir teniendo un bebé, pero desechó la idea de la cabeza. No tenía con quién tener un bebé, y además de eso, no podía permitírselo. Apenas podía pagar las facturas y llevar comida a su estomago y al de Ariel ahora, así que mejor no pensar siquiera en tener otro bebé.

Jessica terminó de cambiar a Cody y le levantó del cambiador.

- Ahora vamos a elegir algo para ponerte – dijo alegremente. Miró en un cajón lleno de pantalones y escogió uno a juego con la camiseta de Mickey Mouse que llevaba. Después de vestir a Cody Jessica empezó a bajar las escaleras con Cody en brazos, pero él insistió en que podía andar, así que lo bajó.

En la cocina, Jenny la sonrió.

- Gracias por cambiarle – dijo –. Afortunadamente pronto irá sin pañales. Son caros, pero odio tratar de enseñarle a ir al baño cuando no está listo para eso. Parece que le gusta llevar pañales, así que se los voy a dejar hasta que diga que quiere ir al baño. Hace un tiempo, le compré unos pull-ups y empecé a ponérselos durante el día y a decirle que no se hiciese pis o caca. Pero no quería llevarlos. Sé que puede aguantarse, pero no le gusta tener que parar de jugar para ir al baño. Supongo que le trato como un bebé mientras puedo. Los niños crecen tan rápido estos días. Caitlin ya casi va con chicos, y todavía no tiene ni ocho años.

- Ojalá hubiera podido dejar a Ariel con los pañales – suspiró Jessica. Miró alrededor para asegurarse que no estaba alrededor –. La guardería a la que iba obligaba a que todos los niños de tres años o más fueran ya al baño, así que le quité a Ariel los pañales cuando tenía dos años y diez meses. Tuvo un montón de accidentes al principio, pero ya iba al baño alrededor de los tres años.

Jenny alzó las cejas.

- ¿Se hace pis en la cama?

Jessica asintió. Sentía que podía confiar en Jenny, incluso si no podía confiar en la madre de Jenny.

- Todas las noches. Pero lleva pull-ups.

- No me sorprende. La mayoría de los niños que son forzados a usar el baño antes de estar emocionalmente preparados se hacen pis en la cama hasta más tarde. A Caitlin le quité los pañales con dos años y medio y ahora se hace pis en la cama, pero la pongo pañales, no pull-ups. Parece que le gustan, aunque nunca lo admitiría.

Jessica asintió.

- Ariel se hace pis de día muchas veces, y también en la cama, pero no creo que quiera llevar pañales – le describió los extraños accidentes que Ariel tenía de día a Jenny, que parecía divertida.

- Me suena a que Ariel inconscientemente quiere llevar pañales – le comentó, pero Jessica movió la cabeza.

- ¡De ninguna manera! Ariel realmente trata de madurar. Me llama “madre” cuando estamos en público y trata de ponerse mi maquillaje todo el rato. La semana pasada la cogí yendo al colegio con sombra de ojos. Odiaba cuando al principio se empezó a hacer pis en la cama; eso es por lo que la puse pull-ups y no pañales. Ya no lleva mal hacerse pis en la cama, pero sí los accidentes de día. Odiaría llevar pañales.

- Claro – Jenny le dio palmaditas en el hombro a Jenny –. Puedes seguir diciéndote eso, Jess, y tal vez lo creas, pero yo no – cambió de tema –. Bueno, supongo que debería enseñaros dónde vais a dormir tú y Ariel.

Jessica y Ariel siguieron a Jenny arriba con su equipaje.

- Jessica, tú estarás en la habitación de invitados – dijo Jenny, mientras le enseñaba una pequeña habitación con grandes ventanas empapelada con motivos florales –. Y tú Ariel, compartirás la habitación de Caitlin. Tiene literas, como puedes ver. Tendréis que luchar para ver quién duerme en la de arriba, supongo. - Oh, está bien – dijo Ariel en voz baja –. Yo puedo dormir en la de abajo – en realidad le daba un poco de miedo dormir en la de arriba, a tres metros del suelo. ¿Qué pasaría si se giraba en la cama y caía al suelo? Claro que había raíles protectores en la litera de arriba, para evitarlo, pero la idea aún así la aterraba.

Caitlin era sólo apenas un año mayor que Ariel, pero a Ariel le parecía que la habitación de Caitlin era de alguien mucho más mayor que ella. La habitación de Caitlin no tenía juguetes, excepto algunos animales de tela y muñecas en la cama, y una casa de barbie. Mientras las paredes de la habitación de Ariel estaban desnudas, las de la de Caitlin estaban cubiertas de pósteres de varios grupos de pop para quinceañeras. Caitlin tenía un escritorio también. Ariel ni siquiera había visto a su prima todavía, pero ya se estaba empezando a sentir un poco intimidada por ella.

Oyeron la puerta abrirse debajo.

- Caitlin y Danielle están en casa – remarcó Jenny –. ¡Chicas! Subid a conocer a vuestras primas – ruido de subir escaleras, y entonces Caitlin y Danielle entraron por la puerta.

Al mirar a Danielle, era aparente que los rizos rubios de Ariel venían por la parte de la familia de Jessica, después de todo. Danielle parecía una versión mayor y más alta de Ariel. Caitlin, por el contrario, tenía el color del pelo de Jessica, excepto que le llegaba hasta la cintura y lo tenía recogido en una coleta. Era unas pocas pulgadas más alta que Ariel.

Después de que Jenny hiciera las presentaciones, hubo un incómodo silencio hasta que Jenny hizo por romperlo.

- Bueno, Jessica ¿por qué no deshaces tus la maleta y te instalas? Danielle te puede enseñar el resto de la casa. Caitlin, enséñale a Ariel dónde poner sus cosas y luego podéis jugar o ver la TV.

Después de que todas salieran de la habitación, Caitlin se giró para sonreír a su prima.

- Déja tus cosas debajo de la cama. Mamá ha dicho que sólo vais a estar tres días, así que ¿qué interés hay en deshacerlo todo si sólo vais a estar tres días? Mi madre es muy buena en pensar tareas para hacer. ¿Qué quieres hacer ahora? Podríamos ver la TV, o escuchar algún CD o algo – Ariel se sentía con la boca pegada, sólo se encogió de hombros por respuesta y Ariel no estaba impresionada.

- ¿No sabes hablar o algo así?

- Sí, puedo hablar muy bien –respondió Ariel, enfadada consigo misma, por no ocurrírsele nada “guay” que decir. Finalmente dijo: me gustan tus pósteres.

Caitlin se rió y dijo:

- Costaron una fortuna, pero estos tíos son tan monos. ¿Quién crees que lo es más, Backstreet Boys, N Sync, o Hanson?

- ¿Quién es quién? – preguntó Ariel.

Caitlin la miró como si fuese de otro planeta.

- ¿No sabes quiénes son? Dios, nunca he hablado con nadie que no sepa nada de ellos. Tengo todos sus CD – empezó a cantar All I Have Give.

- Oh, sí, ahora los reconozco – dijo Ariel – ponen esa canción en la radio a veces. Salvo que mi madre cambia de emisora cuando la ponen.

- Tu madre está loca – remarcó Caitlin, señalando otro póster – tengo que casarme con Tylor Hanson cuando sea crezca.

- Oh – respondió Ariel, mirando el largo y rubio pelo del joven cantante – creí que era una chica.

Caitlin suspiró.

- ¿No hay música o algo así de donde vienes? Pensaba que en Virginia Beach se suponía que tendría todos esos conciertos y cosas así, pero tú nunca has oído buenos grupos. ¿Y el peto que llevas puesto? Yo tuve unos de esos una vez, pero dejé de ponérmelos después de cumplir cuatro años. Quizás esas cosas sean muy populares en Virginia Beach, pero si fueras así a mi colegio, no durarías ni cinco minutos. Hay niños como tú, pero son muy impopulares.

Ariel estaba molesta con las fanfarronadas de su prima. Caitlin era un poco engreída y presumida, y Ariel sentía como si nada de lo que dijese pudiera impresionar a su prima mayor. Salió de la habitación y bajó a encontrarse con su madre y su prima Jenny.

- Hola, Ariel – Jessica recibió a su hija – ¿dónde está tu prima?

Ariel se encogió se hombros.

- No lo sé y no me importa – respondió. Se sentía triste por los días que tendría que pasar con Caitlin, y no le importaba si era insolente con su madre. Quería irse a casa.

- ¡Ariel! – exclamó Jessica –. No seas grosera conmigo. Lo que sea por lo que hayáis discutido Caitlin y tú, mejor que hagáis las paces. Puede que os veáis más de lo que crees.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó Ariel, con una sensación rara en el estómago.

Jenny sonrió.

- Justo le estaba diciendo la buena noticia, Ariel. ¡Caitlin, Cody y yo puede que nos mudemos a Virginia Beach! Tengo allí una buena oferta de trabajo. Puedo trabajar en casa, así que podré estar en casa cuando Caitlin vuelva del trabajo. Tengo que buscar algo cerca de donde tu madre y tú vivís, ¡podrá venir a casa después del trabajo todos los días y jugar con Caitlin hasta que tu madre vuelva del trabajo!

- ¿No son las mejores noticias posibles, Ariel? – preguntó Jessica entusiasmada. Se sentía mejor de lo que lo había estado en años. Jenny siempre había sido como una hermana mayor para ella, y Jessica siempre había deseado vivir cerca de ella y así poder conocerse mejor. También sería positivo para Ariel tener cerca a Caitlin para poder jugar. Ariel no tenía muchas amigas.

Ariel no compartía el entusiasmo de su madre.

- Pero voy siempre donde Mónica después del colegio – protestó –. ¡Mónica es mi mejor amiga! ¡A ella le caigo bien! ¡Caitlin me odia! – les contó a su madre y a su prima lo que Caitlin le había dicho, y para su sorpresa y consternación, se miraron la una a la otra y se empezaron a reír.

- ¡No tiene ninguna gracia! – protestó – ¡Caitlin es tonta y engreída, y no quiero que viva cerca de mí! ¡Quiero irme a casa! – se fue corriendo al salón, hundió la cara en un cojín y empezó a llorar. Finalmente se sintió demasiado cansada para llorar más y se quedó dormida.

Le despertó su madre cogiéndola del hombro.

- Venga, cielo – dijo Jessica en voz baja –. Es la hora de cenar.

- Noooo.

- Cielo, por favor, no discutas. Tienes que levantarte, o no estarás cansada esta noche al irte a dormir. Además, te sentirás mejor después de comer algo.

Ariel se levantó reacia, e inmediatamente empezó a llorar otra vez.

-¿Qué pasa? – preguntó Jessica preocupada.

- Me he hecho pis en el pull-up – sollozó Ariel.

- ¡Shhhh! – le hizo callar Jessica, porque Stephanie y la tía Elizabeth estaban justamente en la otra habitación.

Demasiado tarde. Tanto Jessica como Ariel pudieron oír a Stephanie decir en voz alta:

- Si Danielle todavía llevara pull-ups, la llevaría al psiquiatra

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